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El mundo secretos de las lágrimas

 

Capitulo I

 

                             El sol que agonizaba, se ceñía como una sombra a la escasa luz que a duras penas sobrevivía dispuesta a fundirse con el plata claro de la luna que aparecería más tarde hiriendo con su plata el entorno.
Cuanta agonía, a través de los años, había quedado entre los muros de una y otra cárcel, de un penal y otro, entre las conciencias de algunos jueces con exceso de poder, que todo lo saben, y sobre todo, que todo lo pueden, sin tener en cuenta, jamás, la verdad de aquellos seres humanos de a pié, siempre pendientes en manos de abogados negligentes, vagos y con escaso interés de defensa del necesitado quién, a veces, bien podría tener razón.
La verdad no siempre tiene la fuerza suficiente para imponerse desde la fuerza de su realidad. A veces, para pena del necesitado, la  “verdad” está en manos de los “defensores”, esos abogados sin interés real en defender la razón del acusado.
La sociedad, ciega, muda y sorda deja su fuerza real en el desdén, en el abandono, a expensas de la tan acarreada “suerte” en la que padecen tanto, y tantos, mientras la conciencia agoniza lejos de la realidad que uno desea imponer, para que la “justicia” pueda ser al fin, justicia para el bien de todos.
Atrás se quedaban años de vida, como retazos, como jirones de corazón entre barrotes de cárcel. Promesas de abogados e incumplimiento de unos y de otros agonizando como el alma sin cuerpo vagando por el cosmos a la deriva. Sueños rotos, ilusiones y suspiros que rompen el pecho. ¡Ay, Dios, como me pesa la vida! ¿ Quién se hará cargo de este alma en pedazos para que encuentre un espíritu donde instalarse antes de que el diablo de turno pueda aparecer dispuesto a invadirla para someterla y escanciarla contra el borde de un vaso, y beberla después sin contar con mi aprobación… ¡ Ay, vida ¡ Quién contará con mi aprobación para el análisis final del que dependerá mi realidad como ser vivo que llegó a esta vida un día, sin que nadie me preguntará; ¿ Qué Dios de turno regiría este mundo al que el “ destino” me sentenciara a venir sin informarme de las consecuencias?. Al examen que me esperaba sin previo  espacio a recapacitar sobre el estudio pertinente, para dar la “talla”, y aprobar, tal y como la vida lo exige.
Se me nublan los ojos cuando, desde mi soledad, pienso en la justicia, en lo justo. Todo se queda raquítico cuando me expongo al examen desde mi realidad, desde mi verdad ignorada por éste mundo cruel. Yo jamás firmé contrato alguno con ningún Dios, con ninguna energía divina para llegar a esta vida programada, ¡Sabe Dios por quien! dispuesta a doblegar mi vida toda, sin ofrecerme la oportunidad de defenderme…
Si algún Dios me sentenció a venir a la vida y a vivir, que me sentencie ahora a ser feliz, para poder entender ese ying y yang de las cosas…
¡Necesito entender para asimilar las injusticias, las desigualdades de este mundo que, ya existían antes de llegar yo, con un único bagaje: la inocencia y el desamparo ¡ guerras únicas, para hacer camino y edificar mi vida, en un  mundo de lobos y desigualdades… ¡Me siento victima cuando miro hacia atrás, y miro de frente la realidad de mi vida!
Siento que no siento nada, cuando la realidad se impone, siento que el poeta que vive en  la buhardilla de mi mente se ahoga en el lago de las realidades.  Esas realidades ajenas siempre a la realidad de los poderosos. Sus vidas, son otra cosa, lejos siempre de la  tan cacareada igualdad de todos los seres humanos frente a la realidad de la justicia. Lo cierto es que, existen dos varas de medir: la igualdad de los poderosos, y la desigualdad de los demás. Dos formas o formulas de medir según, quién se sienta en el banquillo de los acusados… ¡Dígame cual es su estatus social, y le diré como va a ser juzgado…! ¡Dígame quién es, y lo que representa en esta sociedad ciega, sorda y muda, y le diré como va a ser su sentencia!... ¡Dígame a que Dios adora, y le diré que Dios le va a reprochar  haber llegado a este mundo gobernado por un diablo sin nombre propio!

                                                                                           Tobe, or not tu be, dijo  Shakespeare en una de sus obras, grandes como el mismo… Vivir, o morir digo yo, dependiendo donde le ha tocado nacer y vivir, y de quién partes, o naces.

 

                                                                                            Cuando llegue la libertad, cuando salga de este recinto carcelario –pensaba el preso mientras comía a pasos cortos terreno a los pasillos interminables, hacia la salida, custodiado por el carcelero frío e impasible- me tumbaré de nuevo sobre la soledad de mi mismo para sentir como el Sol restaurador sale por el este de mi costado, iluminando poco a poco, mi piel dormida. Me concentraré dispuesto, a sentir su energía de vida, soñando con el despertar a la vida y, le acompañaré sumiso en ese largo recorrido sobre mi piel despierta, hasta el oeste de mi vida, donde se esconderá hasta el día siguiente, para volver a sentirle vivo sobre mi, un día y otro; todos los días de mi vida loca e injusta que todo me arrebató desde el preciso instante en que empecé a pensar, y a querer ser, olvidándome, ingenuamente de la realidad; vi, que la vida, no es igual para unos que para otros. De que la “verdad”, jamás se traduce igual, según quién la nombre. De que el suspiro, puede romper el pecho, según quién sufre y, en que medida se imponga la razón, y la propiedad de uno mismo.

                                                                             Paso a paso, Luis García Tamarit, hombre de cuarenta y tres años, de aspecto cansado, aunque con la energía natural del orgullo sano, come terreno al pasillo que le conduce a la puerta de salida. Atrás quedan años, entre los muros de diferentes cárceles y penales, gastados por la desilusión del desencanto. Años perdidos, por negligencias ajenas a si mismo. Tiempo sin reloj que lo marque, porque algunos, con exceso de poder, pueden decidir sobre la vida de los demás, a si, tal cual; sin tener en cuenta la verdad individual ni las leyes del creador de donde partimos todos, con todos los derechos garantizados, por qué tarde o temprano, todos rendiremos cuentas frente a la gran luz, porque la justicia final espera con base a la igualdad cargada en este mundo de diablos disfrazados, de dioses.
                                                                                         Los recuerdos, los reproches y desacuerdos se hacían sentir como un batallón de hormigas en el  interior de su estómago. Pero las injusticias a lo largo del tiempo y la experiencia adquirida a fuerza de látigo y castigo le habían enseñado a mantenerlos a raya. A controlarlos, con el control de la respiración, cómo cuando uno, a la fuerza controla para no estremecer o perder el control sobre sí mismo cuando, a la fuerza, ha de tragar saliva, frente a  la realidad impuesta por la sentencia fácil, dictada desde el exceso de poder.
Lo primero – calculaba Luis- es, llegar, abrazar a mí querida esposa, y fundir mi amor incalculable  con el de mi hija; de mi niña Rebeca. Depositar en ellas, toda la esperanza que pude salvar a través del tiempo. Luego, con calma restaurada, me enfrentaré al síntoma del suicidio, para dominarlo, y una vez dominado, veré como tejo de nuevo ésta vida rota por la negligencia de tontos y, como miro de nuevo al ojo despierto de Dios para que entre el azul de su cielo; buscar para encontrar la salida a este infierno regalado a la fuerza, donde me he estado quemando demasiado tiempo, ¡Casi desde que era apenas un niño! – Susurraba en silencio su conciencia-

                                                                   Cuando al fin, llegó el recluso a la última frontera, el carcelero le ordenó con sequedad sin mirarle – ¡Espere aquí! – Y entró en la garita para entregar unos papeles a los funcionarios del interior.
-Pase- ordenó el carcelero en tono agrio y sombrío.
Luis obedeció sumiso sin expresión definida en su rostro cansado y, tras la orden del encargado firmó el documento de salida, de un corto permiso después de tanto tiempo encerrado.
-Te veré a la vuelta –Espetó el funcionario malicioso mientras recogía el documento.
Luis lo miró con la serenidad que nace del desacuerdo, para mascullar –Será un maldito placer regresar cuando termine el permiso
-¿Que... qué ha dicho? - Espetó el carcelero en tono sentenciador taladrándole con la mirada.
-Nada, no tiene importancia… Para volver, antes he de salir – balbuceó el preso con la fuerza de la dignidad controlada- Puede que me estén esperando… -Dijo fingiendo sumisión para agregar - Si no les importa conducirme a la salida- Agregó pasivo aunque decidido.
- Si claro- Exclamó el carcelero burlón- Aunque no se para que tanta prisa, cuando con la misma prisa se ha de rellenar el formulario de ingreso –Agregó sonriente abalado por la sonrisa de los demás-
Luis, se quedó callado convencido de la inutilidad de la lógica y del respeto en aquel ambiente diabólico. Se apartó para dejar pasar al carcelero y se limitó a seguirle hasta la puerta última que separaba la libertad, de la falta de libertad. Allí el carcelero se hizo a un lado y el nuevo hombre libre salió con pasos temblorosos aunque decididos desapareciendo frente a los ojos de quien nada sentía por la vida de los demás.
                                                                                                        La tarde caía sobre el horizonte lejano. La luz era comida lentamente por la boca serena del grisáceo cielo que se iba, decidido a descansar.
De pié frente a la puerta principal de aquel hotel sin estrellas, Luis respiró profundamente en busca de ánimo y de equilibrio. Nadie le esperaba, pero eso era sin duda por que no estaba muy claro el momento en que iba a salir de permiso –Pensó animándose a sí mismo- En casa están ellas dos, esperándome…Ellas –Recalcó- Lo demás no cuenta, ni importa, concluyó mientras se encaminaba hacia el fondo de la carretera que separaba el penal de la ciudad donde cogería un taxi, o el tren que le conduciría a casa.
                                                             
                                                      Fue fácil, aunque largo, como la impaciencia en manos de un niño impaciente. En el pueblo-ciudad cogió el tren que le  conducía a Valencia y, una vez allí, había calculado, ya sería más rápido llegar a casa –Razonaba su cerebro a solas sin que él, pudiera frenarle-.
A lo largo del camino visionaba la realidad del abrazo. Mientras su pecho se inflaba y desinflaba ilusionado, Luis, vivía acontecimientos, que procuraba mantener a raya con el sano fin de evitar emociones que pudieran herirle en su sensibilidad más intima, -Todo a de ser suave y delicado- Razonaba- Nada debe de traspasar la frontera del dominio de los latidos de mi corazón. Todo ha de ser normal, como el futuro que espero, tanto para mí como para ellas. El sufrimiento y el miedo han de quedar a la puerta como las tempestades…Nada a de perturbar la paz interior que mi amor diseñó para ellas, para los tres en éste futuro que empezó ya –Mascullaba en silencio con la impaciencia a raya y las hormigas dormidas a la fuerza en el interior de su estómago-. El secreto escondido entre las líneas de su entrecejo fruncido por el cálculo del tiempo portándose bien para conseguir el permiso de cuatro días, le apretaba el pecho hasta tal punto que las dificultaba la respiración.
La decisión era firme e irrevocable. No regresaría al penal al finalizar su permiso.
No podría soportar ni un día más encerrado en aquel hotel sin estrellas muriéndose a plazos, día a día.
En conciencia, ya había pagado en demasía los errores cometidos: unos propios por ignorancia, y necesidad; y otros por culpa de la sociedad del momento, mas por la negligencia de abogados y la convicción moral de los jueces, dioses con exceso de poder.
Desde los veinte años había recorrido la mayoría de las cárceles del país pagando, lo suyo, y lo de los demás hasta los cuarenta y tres, que ya había cumplido.
-¡Demasiado tiempo! ¡Demasiado abuso! –Refunfuñaba la conciencia del sufridor -¡Nunca más si puedo evitarlo! –Añadía decidido aunque en silencio.
Pero lo que más temía, lo que más le mordía el alma era el tener de comunicárselo  a Merche, su esposa que le llevaba esperando toda la vida.
Aquella decisión irrevocable le obligaría a vivir escondido durante mucho tiempo hasta que prescribiera su alteración de condena. Pasaría a estar en busca y captura, por un delito que le provocaron, a vivir con una inmensa losa sobre su vida pero, a si y todo, pensaba Luis, siempre será menos tortuoso que sentir como se moría poco a poco cada día.
No iba a ser fácil, lo sabía que nada lo había sido desde casi el preciso instante en que había nacido en la realidad de aquella España dominada por las enfermedades y el hambre, amén de la falta de libertad y de oportunidades para sobrevivir. En el fondo Tamarit se sentía víctima de la realidad nacional. Del desbarajuste de aquellas tiempos donde había que tragar en seco el polvo y la arena que surgía en el camino. Sin derecho alguno frente a la vida, y a lo establecido.
En el peor de los casos, había calculado varias veces, si sintiera que le iban a atrapar se suicidaría, y acabaría con tanto dolor regalado por la ineptitud dirigente.

 

                                                                   Ya se había hecho de noche cuando Luis miró hacia una ventana entre abierta. Suspiró profundamente en busca de ánimo y de control sobre sí mismo, sacó una llave del bolsillo de su pantalón gastado por el tiempo, y abrió la puerta. Cerró tras de sí y subió las escaleras con pasos cortos aunque decididos mientras masticaba síntomas, tan íntimos, como entrañables.
No quiso abrir la puerta de entrada a la vivienda, prefirió apretar al botón del timbre intentando imitar, como lo hacía tiempo atrás, con la esperanza de que al menos su esposa reconociera ese timbrazo de llamada y, al poco tiempo la puerta se abrió dejando ver a una mujer que palidecía y se iluminaba a un tiempo -¡Luis!-Exclamó la esposa controlando el gemido entre sus labios mientras sus ojos se humedecían y sus brazos se hacían abrazos presurosos -¿Cómo no me dijiste el día y la hora… Rebeca y yo nos habríamos ido a…
-Porque nunca se sabe con claridad –Interrumpe cariñoso- Además quería evitaros la tensión de la espera tortuosa- Balbucea mientras la aprieta contra sí -¿Dónde está la niña…se ha acostado ya?
-Pasa hombre pasa –Susurraba Merche esforzándose por mantener la calma- No, está viendo la tele… Te prepararé algo de cena, nosotras ya hemos cenado, y ya estábamos a punto de…
-¿Quién es mamá? –Interrumpe la voz de su hija -¡Qué pasa!
-Nada, corazón –Exclamaba Merche mientras cierra la puerta tras de sí y se encamina hacía la cocina- Ven, Rebeca, ven a la cocina, hija –agrega controlando la emoción y, la hija entra en la cocina exaltada guiada por el presentimiento.
-¡Papá…!Ay, papá…¡Por que no nos lo has…
-Ha sido mejor así, nena –Interrumpe Luis mientras la abraza esforzándose por controlar la emoción dispuesto en mantenerla a raya –No prepares nada, Merche- Exclama dirigiéndose a su esposa que se disponía a encender el fuego –No tengo hambre- agregó decidido- ¿Y tú como estás, preciosa?- musitó colocando las palmas de sus manos encerrando el bello rostro de la joven, con inmenso cariño
-¿Cómo estás tu, papá? ¿Como estás, de verdad?…Si nos hubieras avisado
-Bueno, bueno – vuelve a interrumpir con delicadeza al tiempo que la abraza de nuevo como si su vida interior se llenase, cual esponja del amor, que le rodea –Lo que si me vendría bien, sería un poco de agua y… una aspirina si tienes a…
-¡Claro papá! –Se apresura Rebeca- ¿Estas…?
-¿Te encuentras mal Luis? Se adelanta Merche al tiempo que se encamina hacia la nevera para sacar una botella de agua mineral
-No –responde tajante, Luis, forzando una leve sonrisa al tiempo que se sienta frente a la mesa custodiada por cuatro sillas en el, vacío, de la cocina –solo un poco- cansado –agrega complacido- Ha sido un día muy…
-Me lo imagino –musita la esposa al tiempo que le ofrece una aspirina y llena un vaso de agua. Toma… Pero, deberías de comer algo. Anda, cuéntame cómo
-Mañana, Merche –se apresura a responder el recién llegado del infierno, con delicadeza cansina- Ahora lo que más necesito es una ducha y… relajarme, mañana hablaremos
-¡Claro, papá! –se adelanta la joven mocita en tono cariñoso al tiempo que mira a su madre como si la ordenara comprensión para su padre.
-Naturalmente, cariño. Llenaré la bañera con agua tibia… No hay nada más relajante que unos veinte minutos sumergidos en el agua tibia –musita al tiempo que se encamina hacia la puerta decidida.
-No, déjalo Merche –la detiene el marido con tono delicado aunque decidido – prefiero una ducha larga…Prefiero sentir la lluvia de la ducha sobre la cara – aclara un tanto torpe forzando una leve sonrisa –En fin, manías, ya me conoces.
-Como quieras, cielo –accede sumisa y comprensiva Merche.

                                                                      Por un momento el silencio se apodera del ambiente incomodando al recién llegado que es observado con cuidado por las dos mujeres, con ojos llenos de compresión, aunque con cierta dosis de importancia que se deja ver, y que Luis percibe.
-Vosotras, acostaros –sugiere Luis en tono suave y cuidadoso -Yo… ya iré cuando…
-Si, claro –interrumpe Merche comprensiva mientras mira a su hija comunicativa entendiendo que su marido necesita pensar, estar un rato meditando a solas; tal vez amoldándose al ambiente nuevo, de nuevo, para quién llevaba ausente demasiado tiempo.
Tú muévete a tu manera, cariño… si después sintieras hambre, en la nevera encontraras… Solo tendrías que meterlo en el microondas y…
-Está bien puede que coma algo antes de ir a la cama –Musita comprensivo observado por los ojos acariciadores de la hija, como si le entendiera perfectamente, y no tardaron en dejarlo solo, como entendían, que él necesitaba.

                                                                       Se fue hacía la ventana. Observó a través de los cristales el pueblo que dormía o se disponía a dormir placentero. Durante unos minutos miró al frente con la mirada perdida en el silencio de un pensamiento. Luego se fue al baño, se despojó de sus ropas, equilibró el agua fría y caliente y se colocó bajo la lluvia artificial. Se enjabonó con monotonía como si se acariciara a si mismo una y otra vez para volver a colocarse bajo el agua y sentir como arrastraba la espuma sobre toda su piel.
Durante un buen rato permaneció de pié sintiendo la tibieza del agua sobre su pecho, y espalda. De vez en cuando se colocaba de forma que la lluvia cayera sobre su cara que solo desviaba de vez en cuando para respirar y, cuando se sintió lleno o, tal vez cansado, cerró la lluvia. Se secó y volvió a la cocina después de ponerse el albornoz de baño que colgaba de un gancho sujeto a la puerta, y se detuvo de nuevo frente al ventanal mirando como el color de la serena y escasa luz envolvía las casas como un velo de seda delicada.
-¡Dios…! ¡Como me pesa la vida! –Exclamó una vocecita en el interior de su cerebro sin que él pronunciara palabra -¿Cómo empezaré de nuevo?… ¿Cómo controlaré este cansancio que me tiene entumecido y paralizado – pensaba mientras encendía un cigarrillo con ansiedad enviando el humo hasta el interior de sus entrañas.

                                                                                               No había sido un santo, desde luego. Tan solo sentía que había sido victima de la sociedad en una nación sin posibilidades reales para salvarse, y salvar la vida. Una víctima más de la realidad de un país de imitaciones que sobrevivía a fuerza del hambre de la gran mayoría desde que sus ojos vieron la luz. Un necesitado, un sentenciado a respirar sin hacer ruido. Un doblegado a la fuerza por la dictadura cruel e insultante que nunca había podido tragar. ¡A la fuerza, ahorcan! –meditaba sin dejar de mirar hacía el sueño de la noche que envolvía al pueblo –y a mi me ahorcaron una y otra vez y, ¡además lo hicieron mal! Me asesinaron mal, a medias, tal y como se hace todo en este país de penas y de lagrimas –insistía el registro del cerebro del hombre cansado y herido –jamás tuve defensa real y efectiva. Nadie tuvo interés en analizar los hechos que ensombrecieron mi vida desde mi más tierna infancia, todos se saciaron de mí como la fiera hambrienta engulle la carne de la victima cazada… Sueña con que simplemente lo dejen vivir y reproducirse en libertad -¡Pero no volveré jamás! ¡Ni una sola vez más! –Exclamaba la conciencia del hombre herido –No tendré más remedio que alejarme de los ojos del huracán para que no arrase la vida que me queda. Ignorar la sed draculeña de los monstruos de la ley que no me dejen sin sangre… Además ya no tengo edad para seguir gastando mis años en vano en esta sociedad desinteresada por lo justo… Mucho me temo –Calculó desde esa terrible serenidad que nace de la desesperación y del miedo –que aún habré de esconderme de los lobos dispuestos a despedazarme de nuevo durante años. Me pondrán en busca y captura pero, esta vez, no me encontrarán, no les dejaré que sigan abusando de mí.

                                                                                  Luis estaba decidido a sentarse sobre su propia sombra, y esperar a ver si se reconoce cuando su espíritu pase frente a él, para unirse a la totalidad de si mismo perdido hacía ya demasiados años por culpa de quienes se hicieron dueños de sus verdades y razones, y decidieron pisotearlas para mal de la justicia y pena del pueblo ciego, sordo y mudo.

                                                                                 Se sentó frente al ventanal, como él necesitaba emborracharse con cuanto veía, encendió otro cigarrillo con la colilla del que tenía entre sus dedos y se entregó más y más al cálculo, al análisis y a los temores que quería que fuesen solo para él. Tenía que evitar, esta vez más que nunca, que su amada esposa y su querida hija sufrieran más por él y por su culpa, amén de la culpa de tantos que incumplieron con todo; los respetos a los derechos humanos. Necesitaba tiempo para pensar con calma, y bien. Tendría que asimilar aún las traiciones de unos y de otros, la dejadez de sus abogados y la prepotencia de los jueces que le habían juzgado, a veces sin estudiar realmente el caso a juzgar o, así lo había vivido la victima, más de una vez.
-Ahora debo relajarme –susurró como si pensara en voz alta –Tengo que hacer las cosas bien porque esta muy claro que aún es pronto para exigir, y esperar justicia de verdad en esta democracia joven y destartalada, manejada por los descendientes de una dictadura aún vigente y latente aunque se niegue, y más, de cara al exterior del país para dar imagen, falsa como la falsa moneda de que nos hemos echo mayores, de que hemos crecido y asimilado las lecciones, que a otros, siempre suspenden. Siempre suspenden, otros.

 

                                                         Lo tenía decidido todo, o casi todo; sobre todo lo que dependía de él. Primero ajustar cuentas con Diego, y ocultarse lo mejor posible, porque no habrá regreso del permiso, no podía dejar abandonadas a su mujer y a su hija, pensaba. Terminaría de fumar el recién encendido cigarrillo. Se iría a la cama sabiendo que Merche le esperaba y le haría el amor con delicadeza, como el regalo a los buenos dioses. Se esforzaría por dormir, aunque solo fuera para poder dejar de pensar y de torturarse y esperaría a mañana –Si, eso haré y mañana intentaré completar el puzzle de esta vida mía que vuelve a mi, o así necesito que sea  -Se esforzaba por convencerse a si mismo pero la realidad en el interior de su mente era otra. Una extraña fuerza que no conseguía controlar del todo le obligaba, le invitaba a pensar en como había comenzado todo y, se veía a si mismo siendo niño rodeado de necesidades, propias de la época dictatorial y del hambre, de todo. Aún tenía que esperar un poco más antes de ir a la cama. Fumaría el último cigarrillo y permitiría que la GRAN LUZ pasara, al igual que una película, su vida una vez más. No tenía necesidad de convencerse a si mismo, tan solo recordarle así mismo que había nacido en una época equivocada, y tal vez en un pueblo o nación equivocado, donde ser victima es, y era, lo natural para los seres humanos de a pié.
¡Camina o revienta! –Gritaba la realidad de la época –Bebe el amargor de su propia esencia y alimenta tu alma, si puedes, con la descendencia del dios de turno y, si caes no despiertes a la impertinencia no vaya a ser que te mastique vivo y te trague la hiena que vive en el todo de tu entorno obligado.

                                                          El propio Sutra del Loto define la forma como debe ser practicado para alcanzar la iluminación: las personas deben abrazar, seguir, leer, recitar, enseñar y transcribir el Sutra –Recordaba las enseñanzas de Terpy, en uno de los penales –Sin embargo, la práctica de la lectura, la enseñanza y la trascripción solamente era posible para una clase intelectual, siendo que la gran mayoría de las personas eran analfabetas. Esa situación no se alteró incluso hasta el surgimiento de Nichiren Daishonin en Japón.
Nichiren Daishonin –Le había dicho Terpy –vivió en el siglo trece, en la era de Kamakura. Su época fue denominada del último Día de la Ley, es decir, del periodo iniciado dos mil años después del fallecimiento de Shakyamuni, una era en que el budismo perdería su fuerza y decaería. Nichiren examinó minuciosamente las enseñanzas budistas que se había desarrollado en la India y en China hasta sus días y restableció el retorno del budismo a su punto de origen.
Fue Nichiren quien expresó el contenido del Sutra del Loto de Shakyamuni, en una forma en que todos lo pudiesen practicar. Esta forma es la recitación de Nam-Myoho-rengue-Kyo, que ellos, exponen como enseñanza correcta para ser propaganda en el Último DIA de la Ley. El usó el título del Sutra del Loto, Myoho-rengue-Kyo, conforme fue traducido por Kumarajiva, para representar su iluminación adicionado la palabra Nam , que significa “devoción” También se considera que, en un análisis más profundo Nichiren usó el Sutra del Loto para explicar el Nam-myoho-rengue-Kyo, y se denominó así mismo el devoto del Sutra del Loto por propagar su esencia, poniendo en practica el espíritu de benevolencia de este Sutra.
La intención original de ShaKyamuni era liberar a las personas de los grilletes de los sufrimientos, el Sutra del Loto afirma claramente que el propósito del Buda es posibilitar que todas las personas manifiesten también su budeidad. Nicheren Daishonin, propagó con su ejemplo de vida, la esencia de este Sutra, enfrentando persecuciones y hostilidades con la finalidad de enseñar a las personas el camino para la iluminación.
Terpy, aquel hombre de paz, encarcelado junto a él, y como el intentaba fortalecer su alma. Le había dicho: Nichiren también nació en una época difícil, en el Japón de 1.222. Abundaban, como en tu época los conflictos sociales y todas las dificultades.
En 1.271, Nichiren fue arrestado y llevado en las primeras horas de la mañana a una playa llamada Tatsunokuchi, para ser decapitado. Pero la ejecución se detuvo cuando un objeto brillante apareció en el cielo nocturno y aterrorizó a los verdugos.
Fue exiliado posteriormente a la isla de Sado, donde las condiciones eran especialmente duras. Nichiren sobrevivió en un paupérrimo refugio en condiciones de frío extremo y hambre. A pesar de lo severo de la situación, el continuó escribiendo de manera prolífica, enviando cartas de aliento y dando instrucciones a sus discípulos.
Nichiren fue sentenciado varias veces, encarcelado. Y sufrió el efecto del abuso y de la traición y, jamás se vengó, ni perdió la calma –Le repetía, Terpy-

 “Cuando uno está bajo la ilusión, uno es llamado a ser común, pero cuando percibe la verdad, uno es llamado un Buda. Esto es similar a un espejo empañado que brillará como una joya, cuando se le pula. Una mente nublada por las ilusiones de la oscuridad fundamental de la vida es como un espejo empañado, pero cuando se le pule, es seguro que se torna un espejo claro que refleja la naturaleza esencial de los fenómenos y el verdadero aspecto de la realidad –Despierta una fe profunda y pule diligentemente tu espejo día y noche ¿Cómo? Solo cantando Nam myoho rengue kio” –Recordaba pacientemente Luis, la paz y lógica que Terpy procuraba inculcarle para rehacer su vida, mientras estrujaba su cerebro   

   

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