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El mundo secretos de las lágrimas

 

Capitulo XI

Conducción de Valencia a Ocaña, o “campo de concentración” marcaba el calendario el 30 de noviembre de 1973.

                                            El infierno continuado como preventivo, es decir, pendiente de, o juicios comenzaba a cambiar. Los preventivos vestían ropa de la calle, la que fuera, vaquero y suéter. Como preso ya sentenciado por todas las penas llega la especie de “uniforme”, que no, la bola de los pies encadenados.
Durante la conducción en el interior de un furgón viajó al lado del hermano del cantante Raimón…

                                                                                                                       Lo primero era despojarse de la ropa que llevaban para entregarla hasta el día de la libertad, y ponerse una especie de uniforme de tela dura y áspera de un azul fuerte oscuro.
El jefe de servicios era un “hombre” afeminado y enclenque, amenazaba siempre, tal vez por costumbre con una vara flexible con la que jugueteaba entre sus manos dándose golpecitos asimismo en la palma de la mano -¿Sabes donde estas, verdad? –Susurraba entre los dientes mirando siempre a los ojos fijamente –Aquí tendrás que ser un buen chico… ¡pero un buen chico! ¿Me entiendes? –Agregó con segunda intención – El pelo lo raparás al cero – espetó –No dejarás bigote, ni barba. Deberás estar aseado siempre… aunque no haya agua –recalcó recreándose, acomplejado –Procura que no tenga que llamarte al orden, nunca –agregó amenazador mientras Luis escuchaba pasivo.
Mientras tanto, durante todo ese tiempo estuvo presente el hermano de Raimón, intentó darle ánimos, Ocaña tenía muy mala fama entre los reclusos, él proseguía la conducción a otra prisión, sólo debía permanecer una noche, en ese maldito penal.

                                                 Lo introdujeron en una celda estrecha y maloliente que de no tener, ni tenía cristales en las ventanas cuando el frío se agarraba a la piel crispándola.
En periodo, al toque de diana, por la mañana lo primero que había que hacer era doblar el colchón y, apresurarse a estar de pie y firme al fondo de la celda cuando abrieran la puerta para el rutinario recuento.
A pesar de estar en la celda, por el día, no se podían tumbar sobre el colchón, los funcionarios miraban por la mirilla de la puerta y, si veían a alguien tumbado o sentado sobre el colchón, sin previo aviso entraban y le pegaban con las porras. Eso era, la primera vez ya que, si volvía a ocurrir el castigo se multiplicaba en las celdas de castigo. Tocaban silencio a las once, o las doce de la noche, y a las seis de la mañana, diana.
Después de los tres días de observación, salió al patio y le instalaron de nuevo en un dormitorio donde había unos ochenta penados. Lo peor de aquel penal, para la severidad según pensaba Luis era que los reclusos tenían entre veintiuno y veinticinco años. Gente inmadura capaz de cometer cualquier locura a cada momento, salvo los que tenían poca experiencia y mucho miedo.
Allí coincidió con algún que otro preso en otras cárceles, entre ellos con Vicente el fontanero con quien acudía a la escuela, por llamarse de alguna manera, entendida por un preso inculto posiblemente chivato o, mamón o… ¡vaya usted a saber!
Allí leían, o dibujaban o, hacían que estudiaban algo.
Luis no solamente estaba helado sino que tenía la piel llena de ronchones, producidos por el uniforme de tela de saco que le producía alergia pero, aquello no sería excusa alguna, tendría que soportarlo hasta el día en que lo entregará de vuelta para salir en libertad…
Cinco recuentos al día, algunos de ellos formados en el patio lloviera o nevara.
Las orejas, dedos de las manos y de los pies estaban invadidos por sabañones.
Encogido esperaba, a veces demasiado tiempo, a propósito por aquello de ¡sufre mamón que para eso estas aquí! Esperando a que el funcionario saliera a contar el genero destinado a pastar sobre el asfalto. El único remedio para entrar en calor era pasear y pasear por el patio hasta agotarse y, cuando volviera al dormitorio encogerse de frío hasta que las seis de la mañana bajasen de nuevo a por más frío. Quejarse, era motivo de castigo en las celdas.

                                                                              Todo estaba prohibido. Protestar porque hacía frío, o por la comida, todo. No se podía tener calendario que tuviese una fotografía de una chica, desnudas o con sus ropas mojadas pegadas al cuerpo. Aquel manjar de dioses podía ser alquilado para que con una mano lo sujetara frente a la cara, y con la otra se masturbara con desesperación.
Las cartas que llegaban al penal eran censuradas, y no se permitía recibir recortes de prensa, ni fotos de mujeres.
Ángeles escribió a Luis y le mandaba una foto suya en bañador en la playa que fue requisada, y tachados los renglones donde ella hablaba de la foto.

                                                                                 Un traje de invierno, y uno de verano, no daban nada más, ni papel higiénico, ni cepillo de diente, ni jabón como en la actualidad nada de nada.
Los internos se roban los unos a los otros al primer despiste. Había que tener mucho cuidado por la noche al quitarse los pantalones o la chaqueta, tomar las debidas precauciones, y guardar todo debajo la almohada porque si por algún motivo desaparecía era motivo encima de celda de castigo.
                 
                                                                                    El afortunado que tenía familia o amigos que le pudieran meter algo de dinero en peculio, era mucho más espiado por todos. Se recibía una especie de cartulinas que hacían las veces de moneda y se podía comprar en el economato.

                                               Luis solicitó trabajar en la imprenta, solo para no estar en el patio pasando frío y esquivando peligros pero lo mandaron a taller de sastrería, haciendo cartucheras y ropa para los militares, era lo más usual.
Las puñaladas estaban a la orden del día, así como todo tipo de abusos, entre presos. Ya fuese por envidias, por ganar terreno, por incluso, encargo. Venganzas entre bandas rivales que coincidían, por rabia; en fin por cualquier motivo. Los hombres duros, los “kies” abundaban como los malos abogados, o los jueces corporativistas y prevaricadores que sentencian por convicción moral. Cuidarse de los “kies” era todo un plan pero, además de forma que ellos no lo perciban, porque sería peor. Estar allí es como para los animales pequeños y débiles en el bosque que han de calcular cualquier movimiento para no ser alimento para los demás.

                                                    …………………………………

En el comedor por las mañanas, los internos encargados del mismo, colocaban una cazuela grande, con café con leche aguado, en medio de cada mesa con un cazo dentro. Generalmente, los que quedaban en los sitios del centro de la mesa solían servirse los primeros y los demás aprovechaban para presentarle el plato de aluminio. Luis estaba sentado en la banqueta en medio, se levantó y se sirvió el primero, luego otro compañero que se encontraba más alejado le pidió que le echara una ración, y todos los demás presentaron sus platos para que luis les sirviera. Un “kie” o duro del penal que además era el prestamista de allí, empujó nuevamente su plato a otro que estaba más cercano diciendo
-¡Dile a ese que me eche más si no quiere que me cague en su puta madre! – sentenció en tono amenazador.
Luis se quedó quito, mientras le recorría por todo el cuerpo la clásica sensación de la descarga de adrenalina. Sabía que no era por la ración sino porque le estaba retando
-¿Repite lo que has dicho, si tienes cojones?
-He dicho que me eches más si no quieres que me cague con la madre de cristo
-¡¿Sabes?! ¡Pues yo si me cago en tu puta madre! al tiempo que le golpeaba con el cazo, Luis estaba preparado para tirarle la gran cazuela en la cabeza, pero el “Kie” se quedo quieto. Luis terminaba de jugar con fuego, tuvo suerte que no lo presencio ningún funcionario porque hubiese ido a celda de castigo, pero el silencio se apoderó del comedor, todos estaban pendiente de lo que estaba pasando, sabían que el asunto era de una gravedad extrema.
-¡Ahora lo arreglamos en el patio, a mi nadie me humilla en un comedor delante todo el mundo! ¿Sabes?
-¡Vale! Respondió luis, que no había ni siquiera probado el desayuno, debía de estar vigilante y alerta.
Un carcelero, ordenó la salida del comedor, Luis salía detrás de su adversario, no se fiaba y no quería darle la espalda, al llegar al patio el “duro” se quedó esperando, al ver que los reclusos estaban pendiente y que los funcionarios estaban por allí dijo
-¡Ahora están los boqueras, ajustaremos las cuentas en talleres! Advirtió
-¡Vale! ¡Donde quieras y como quieras! Respondió Luis

                                                                            En talleres había unas tijeras desmontables que se podían separar por la mitad. Desmontó Luis una y la guardó bajo el pantalón. Mira por la ventana desde donde se veía la entrada a los servicios y ve como su enemigo entra. Siguiendo un plan momentáneo se separa de la ventana y sale presuroso hacia los wateres. Entró justamente en el momento en que el matón se enjuagaba la cara en el lavabo. Rápido como un rayo saca la hoja de la tijera y se la coloca en el cuello.
-¡Que! ¡Quieres que lo arreglemos ahora, aquí! –preguntó decidido
-Vale, vale. Tranquilo, tronco –musitó preocupado el enemigo –No te pongas nervioso ¿Vale, tío?
Luis suspiró en busca de equilibrio sintiendo que el matón, al no haber testigos y por tanto nada que demostrar se había transformado en una ovejita. -¡Venga tronco, tranquilízate, hombre!…No hace falta llegar a más porque ya me has demostrado que eres un hombre.
-¡No lo olvides, porque lo soy desde el día que me parió esa mujer a quien tu llamaste puta! – espetó Luis con voz ronca.
-Perdona, no quería ofenderle a ella –musitó el matón que se había transformado en aparentemente inofensivo –Venga, seamos amigos y unamos nuestras fuerzas… Nunca se sabe cuando nos vamos a necesitar –razonaba y Luis le soltó con cautela sintiendo que de no haber actuado así aquel individuo le habría buscado una avería.
En aquel ambiente ser educado o sumiso era signo de debilidad y, tener la etiqueta de débil era motivo de peligro constante.

                                           ……………………………………

Cuando uno se disponía a ir a dormir, se quitaba los pantalones, metía el dinero en el bolsillo, los doblaba y los colocaba debajo de la almohada. Aquella era la única forma de evitar que le robaran los pantalones, o el dinero.
Si uno tenía la mala suerte de que le robaran los pantalones tenía que presentarse al recuento con los calzoncillos e inmediatamente era conducido a la celda de castigo.
Pedro, dormía con un palo y en la punta un punzón al lado de la cama. Quien lo conocía sabía que acercarse a robarle tenía peligro de muerte.

                                                                                        Cada noche eran nombrados, tres para hacer imaginaria, vigilar dos horas cada uno. De hecho ya se dormía poco y, esas dos horas se le echaban mucho en falta pero, además, si esa noche faltaba algo caería sobre él, ellos, todo el veneno del robado.
Una mañana cuando Luis se levantaba y se ponía los pantalones vio que uno de los bolsillos del pantalón donde guardaba las cartulinas del dinero aparecía con el forro hacia fuera -¡Me han robado! –Gritó enfurecido, desquiciado -¡Donde están los que han hecho imaginaria, a ver el cabrón e hijo de puta que me ha robado! –agregó mientras se acercaba al compañero que dormía con el palo punzón. Lo cogió con rabia y corrió en busca de los que habían hecho guardia gritando como un loco. Desde hacía un tiempo, desde aquella condena de diez años y un día Luis parecía haber enfermado de los nervios y, cada día le costaba más controlarse.
Uno de los ocupantes del dormitorio presintiendo que iba a hacer una burrada y, a un inocente le salió al paso para informarle de quien le había robado el dinero había sido su “amigo”
-Oye, no hace falta que culpes a estos dos porque yo lo he visto, se trata de tu amigo el valenciano, yo estaba despierto cuando lo vi.
El supuesto “amigo” estaba acostado con la cabeza cubierta posiblemente haciéndose el dormido, ya que se apuraba hasta el último minuto en la cama.
-¡Pero que maricón…! ¡Le voy a matar! –gritó Luis
-No digas que te lo he dicho yo, tronco –Demandó el preso – Mi intención solo es la de impedir que hubieses podido herir a Moncho, el que hizo también imaginaria…es un chaval estupendo. El no se hubiese atrevido nunca a robarte a ti, ni a nadie ¿vale? –Luis lo entendió y aceptó dándole una palmada de agradecimiento en el hombro para de inmediato salir en busca del culpable.
Luis se dirigió a su lugar y de un tirón le quitó la manta con la que se cubría y, con el punzón apuntándole la cara
-¡¡¡Dame el dinero que me has quitado o te mato ahora mismo!!! A la vez que clavaba con rabia el punzón rozándole el rostro clavándolo en el colchón y, rajándolo.
-Toma… No me mates Luis, por favor –Suplicaba -¡No fue más que una broma!
-¡Una broma! ¡Te voy a sacar las tripas! –Mascullo tembloroso por la rabia
-Bueno hombre, bueno –balbuceaba confuso –contrólate…Mira, te daré lo que tengo en el peculio, además de lo tuyo. Anda, toma.
Luis coge el dinero de un tirón, lo mete en el bolsillo con rapidez y levanta el punzón haciendo que el falso amigo se encoja cerrando los ojos en un gesto de temor profundo.
Mientras algunas voces se hacían oír en el dormitorio     
-¡¡¡Mátalo!!! ¡A ese hijo de puta que roba a un amigo! 
Luis, una vez conseguido su dinero se tranquilizó y lo dejó en paz viendo que el precio que pagó por eso era muy alto, el desprecio general, algo muy peligroso en esa jungla.

   

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