Búsqueda personalizada

El mundo secretos de las lágrimas

 

Capitulo XII

Sentía Luis que no corrían buenos tiempos para él. A menudo se le nublaba la vista, le sudaban mucho las manos y percibía temblores en las manos que el intentaba disimular sin demasiado éxito –Estoy echo polvo –mascullaba en un hilo de voz así mismo. Lo que más le preocupaba era cuando, por la mínima, perdía el control y se volvía muy agresivo y, cada vez que le ocurría el recuerdo de aquel juicio por el que fue sentenciado a diez años y un día por un delito que se había inventado y, que por tanto jamás había cometido se le llegaban a saltar las lagrimas de rabia y de odio hacia el juez, el fiscal y el abogado sinvergüenzas, y a toda la justicia.
Pedir ir al médico, además de ser difícil, era una pérdida de tiempo ya que, a menos que fuera grave, no sería atendido.
Conseguir ser trasladado al hospital penitenciario de Madrid era como media libertad, algunos llegaron a cortarse un dedo, romperse un brazo, tragarse clavos…todo ello en tal de salir de ese infierno. Cualquier imaginación de alguien en libertad se quedaría corto frente a los que se llega a imaginar los privados de libertad
Habló Luis con el ordenanza de la enfermería a quien hubo de pagar a escondidas para que pudiera pasar a ver el médico y que le hiciera una propuesta para el hospital penitenciario. Y, una vez frente al dios-médico le explicó lo que le pasaba y, el doctor firmó para que lo viera un psiquiatra y al poco tiempo era conducido desde Ocaña al hospital.

                                                                                           -¡Que cambio! –exclama el espíritu del recluso cuando se vio fuera del penal y dentro del hospital-prisión. Se sentía observado desde hacía tiempo, pero allí, en aquel medio infierno sentía que podía respirar profundamente, al menos de momento.
Cuando le vieron, el neurólogo y el psiquiatra, le dijo –lo que tiene usted es irritabilidad de las neuronas –informó
Le suministraron tranquilizantes hasta dejarlo sedado. Así y todo, estar allí, en lugar del penal, era como estar en la medio gloria.

                                                           En aquel ambiente conoció a algunas personas interesantes que le trataban como a una persona normal, lo cual le hacía sentirse muy bien: Los del proceso 1001, compañeros de Camacho de Comisiones Obreras, a Lluis María Xirinach quien posteriormente llegaría a ser senador. Este le había aconsejado que practicara yoga que es lo que a él le había devuelto el sosiego y la paz interior. A pesar de todo y, especialmente en este hombre, Luis percibía cierto desprecio oculto. Todo lo contrario había ocurrido con un tal Ricart quien desde el principio lo trató de tu a tu con inmensa delicadeza y cortesía. Sentía que estaba en deuda con Ricart al que había recomendado con mucho interés al psiquiatra que no lo devolvieran al penal, verdadero infierno en aquella época. Y así lo hizo el médico, presentó un escrito aconsejando que no debiera volver a Ocaña, ya que consideraba que dicho penal le perjudicaba en exceso.

                                                                                  Al mes siguiente Luis fue trasladado a la cárcel donde ingresó por primera vez “Alicante”. El traslado fue debido a que aún quedaba pendiente un juicio. Uno de esos casos que no habían salido porque se habían olvidado del caso…¡¡Y, es natural!!¡Es tanto el trabajo en los juzgados…! ¡Tanto como la entrega abnegada de los jueces y demás personal que, no dan abasto entregando sus vidas por el bien de la justicia, amen de por la tranquilidad de los ciudadanos protegidos y, hasta mimados por el mundo judicial!
Su madre visitó a Luis le llevada un paquete de comida y, otro para un tal Fernando Carballo Blanco (último preso político español). Al parecer se le había entregado un anarquista sabiendo que visitaría a su hijo.
Así fue como Luis conoció, a ese gran hombre o, así lo sentía él. Fernando era un hombre delicado aunque fuerte que amaba la libertad y la justicia para todos.
El único problema que veía Luis, era el echo de que Fernando estaba medio sordo a consecuencia de las palizas recibidas por la policía, y para comunicarse con él tenía que elevar bastante la voz, cuando ciertas cosas las había que contar en voz, muy baja. Había permanecido dieciocho años en la cárcel lo cual estremeció a Luis.
Aquel hombre menudo, aunque grande por dentro había intentado atentar contra Franco.
Años más tarde cuando Luis consiguió la libertad se acercó a Denia donde vivía Fernando y se enteraría de que había fallecido.

                                                                              Y, de nuevo otra conducción hacía Gijón el jueves 12 de junio de 1.975. Hizo noche en Valencia. Llegó a la prisión de Madrid el 13 donde permaneció en espera hasta el martes 17 y volvió a salir hasta León donde permaneció hasta el 19. Ese mismo día saldría para Gijón. Todo un intento loco guiado por dementes para desquiciar al más pintado.

                                                                                    La palabra libertad había cambiado su significado en su mente. Había perdido la noción del tiempo y la esperanza de salir en libertad. En aquellos tiempos, y tal vez después también, pero entonces la causa efecto de los errores cometidos duraba más que la propia vida. El maltrato, del que formaban parte las continuas conducciones, era la reinserción. Creían y, así lo dejaban ver, que haciéndoles la vida de los presos, un autentico martirio, esos ya no volverían a delinquir ¡Cuanta equivocación! ¡Cuánta ignorancia macabra! Está más que comprobado que, el maltrato, empeora al individuo, lo hace más rebelde y vengativo, lo enloquece y sale de prisión peor de lo que había entrado.

                                                                                         El penal de Gijón era pequeño y muy aburrido. El movimiento era nulo, hasta tal punto que no había demasiadas oportunidades de enfrentamiento. El que no cojea de aquí, lo hace de allá.
En la mente de Luis se estaban borrando las imágenes de Santi y de Ángeles. A duras penas pensaba, ni en ellas ni en nadie. Ni tan siquiera cuando las necesidades fisiológicas le invitaban a masturbarse pensaba en ninguna de ellas, sólo en figuras femeninas producto de su imaginación.

                                                                                 Al fin Franco estaba enfermo. Se hacían todo tipo de elucubraciones. Si muere, pensaban todos, todos saldrán y es que la ignorancia es muy atrevida. Incluso Luis, que se había transformado en un ser incrédulo y distante soñaba con la muerte del dictador imaginándose con todo entre los afortunados que recibirían la libertad… Pero salir en libertad ¿Por qué?
Para volver a robar, para vengarse, para verter todo el veneno sobre todo y sobre todos. Aquella sensación era consecuencia de lo vivido.
Luis sentía que el precio pagado, y aún por pagar era excesivo. Pensaba que sus errores habían sido producto de la necesidad, y de la ignorancia, de la no experiencia. Que en cierto modo el era una víctima más exageradamente maltratada. Al fin y al cabo jamás había matado a nadie… Había hecho daño robando, si, creía el pero, no tanto como para tanto infierno y tantos años de cárcel. Estaba seguro de que si hubiese encontrado algo de nobleza y de respeto humano no habría delinquido más y se habría recuperado a si mismo.

                                                                                    Algunos internos tenían el clásico aparato de radio pequeño que, aunque no estaba permitido en esa cárcel se hacía la vista gorda. De esa forma se sabía que el Caudillo estaba muy enfermo, aquello era traducido como esperanza por muchos.

          Por desobedecer una orden de un funcionario fue conducido a la celda de castigo. Allí, encerrado esperaba aturdido, hasta que el día 20 de noviembre de 1975, por la mañana oyó los gritos de muchos que gritaban -¡¡Franco ha muerto…!! ¡¡Ha muerto…!! ¡¡Ha muerto…!!-

                                                                                        La  ansiedad se palpaba en el ambiente. Se esperaba un indulto. Las discusiones entre los internos eran de lo más variado: Que si iban a salir todos, que solo los que no tenían delitos de sangre, que solo los recomendados por la iglesia, que todos menos los maricones…En fin la locura estaba presente.

                       Los días pasaban y la tensión flotaba hasta que dieron un indulto, muchos de los presos comenzaron a recibir la libertad. A Luis no le alcanzó la libertad pero se le recortó considerablemente. No salió en libertad por los que le condenaron en Tarragona. Allí donde le habían metido diez años y un día por aquel delito que no había cometido y, que el abogado que, ni tan siquiera había hablado con él había admitido, dado por buena la sentencia -¡¡Esto es para ponerse a mear y no echar gota!! –Había gritado el preso hundido psicológicamente.

                                                                                                 Y, de nuevo la conducción casi repentina. Salió de Gijón el 16 de marzo de 1975. Hizo noche en León y esperó hasta el 19. Salió el 19 de León y llegó a Madrid el mismo día. Permaneció en Madrid hasta el 25  de marzo e ingresó en la prisión de Alicante el mismo día.
Y, al fin tras las trampas y demencias, en este caso no del preso sino del mundo judicial y de la realidad del país Luis, se entera por fin que existía fecha de libertad para él -¡Dios…! Dios, no se como digerirlo –Gritó al enterarse -¡¿Seguiré entero para cuando llegue el día?! –Se preguntó gritando sin poder controlar la ansiedad.
El 16 de septiembre de 1976, se repetía en el interior de su cerebro. Era la fecha en la que le pondrían en libertad. Aún quedaba tiempo hasta entonces y, el había preferido enterarse de la fecha el día antes o, el mismo día porque vivir día a día, cada hora en espera de la libertad resultaba ser otro castigo severo.

                                                                                       Se mentalizó en jugar al frontón y, en beber leche para que su aspecto fuera bueno cuando saliera. El ordenanza de la enfermería que también pintaba como él le proporcionaba dos litros de leche como favor a favores recibidos, y que éste bebía con ansiedad como quién piensa en el mejor maquillaje para el día de su debut. Pero la ansiedad le hacía temblar.
Su madre pasó a comunicar con él llena de alegría, la acompañada una joven muy agradable, que vio muy atractiva e interesante y que frecuentaba el bar de la madre. Cuando se saludaron le dijo que se llamaba Merche además de que tenía mirada de pilluelo –Ya te pillaré –le dijo con cierta picardía tierna y ella rió pasiva. Poco se podría imaginar el preso de lo que le esperaba transcurrido el tiempo mientras el más allá tejía un chal para el frío del cosmos.