El mundo secretos de las lágrimas
Capitulo XV
Se había relajado Luis lo suficiente aunque la preocupación por la falta de dinero era una realidad que tenía absorbido el cerebro.
Al tercer día se presentaron en el bar de sus padres, estando allí sonó el teléfono. Era Cornejo que le llamaba desde Palma de Mallorca. Al parecer se había empleado como recepcionista en un hotel de cinco estrellas “Hotel del Mar”.
Según Cornejo, las cajas fuertes del hotel estaban repletas y el riesgo era casi inexistente. Lo tenía todo controlado y le pedía que saliera para Palma de Mallorca de inmediato.
-¡Llevo pistola y tal…! –Preguntó Luis.
-No, no hace falta. Tengo todo lo necesario –respondió Cornejo
Como de costumbre Luis lo daba ya todo por hecho y con el éxito garantizado. Su madre y esposa Que estaban al tanto intentaron convencerle para que no fuera.
-Tengo un mal presentimiento, Luis. No vayas, cariño –Le había dicho Merche.
-Es una isla, ché. En caso de que salga mal ¿Cómo sales de allí? –razonaba la madre.
Pero Luis decidido impuso sus necesidades y sus ganas de no depender de nadie y les informó de que saldría para Palma de inmediato. De nada sirvieron los ruegos de sus mujeres el lo tenía decidido.
Al llegar por la mañana el 12 de abril de 1977, telefoneo a Cornejo y quedaron en una cafetería de la zona. Cuando Cornejo le explicó el plan al detalle a Luis le pareció tan fácil que no entendía como Cornejo no lo hacia solo.
El recepcionista tenía todas las llaves duplicadas y el control del personal ya que era el jefe de la zona donde se encontraban ubicadas las cajas fuertes.
El resto del día lo invirtió paseando por la zona. Al pasar frente a una tienda donde vendían cuchillos y detalles caprichosos entró y compró un puñal que le había gustado.
¡Maldito el momento en el que se me ocurrió comprar el puñal! Exclamó arrepentido más tarde.
Luis siempre había sido un amante de las armas pero, en aquel preciso instante se había decidido a comprar el puñal posiblemente por desconfianza a Cornejo, el cual le había dicho que para reducir, en caso que resultara imprescindible al vigilante le amedrentaría con una pistola de juguete. Era lo suficientemente cagueta, le había dicho Cornejo, como para que intentase resistirse. Por otra parte, debido precisamente, a lo sencillo que parecía todo Luis sospechaba, aunque remotamente, en algún tipo de trampa por parte del “amigo”.
Por la noche, tal y como habían acordado se presentó en el hotel. En el exterior Cornejo le esperaba, le condujo por la parte trasera por donde entra el personal. Le colocó unos trozos de esparadrapos en la cara, con el fin, le había dicho, de que pasara lo que pasara no lo reconociera el vigilante.
-Espera un momento aquí que terminan de llegar unos clientes extranjeros los atiendo y vuelvo a por ti para introducirte en la sala donde están todas las cajas fuertes –Explicó Cornejo, decidido aunque preocupado.
Cornejo era muy aficionado a los sedantes de todo tipo, parecía que también tenía problemas, posiblemente las mismas secuelas que heredó Luis, el fruto de jueces, fiscales, abogados y carceleros, que los domingos iban a misa y entre semana a los burdeles.
Cornejo salió atender a los clientes y Luis se quedó esperando donde le dijo su compañero, cuando vio que alguien se acercaba, era el vigilante que pasaba por allí y lo había visto, Luis haciéndose el despistado y dándole la espalda se quitó los esparadrapos que le había colocado su compinche.
-¡Que hace usted aquí!- preguntó el recién llegado con autoridad.
-Estoy buscando los servicio, pero parece que me equivocado, vi que el recepcionista estaba ocupado y pensé que los urinarios estaban por aquí… –masculló Luis intentando aparentar normalidad.
-Sígame, yo le indicaré donde están los servicios –Explicó el vigilante
Luis se dispuso en seguirle al llegar a la sala de recepción donde estaban los clientes y el recepcionista.
-Aquí los tiene- Le dijo su guía, señalando con el dedo el lugar
-¡Gracias! –respondió Luis. Dirigiéndose al lavabo muy preocupado porque el vigilante le había visto, pensaba que lo mejor sería marcharse.
Al salir de los servicio se dirigió al recepcionista
-Hola buenas noches –Expresó Luis
-Buenas noches -le contestó el recepcionista, su mirada mostraba preocupación e intranquilidad. Se dirigió al vigilante que estaba cerca de él
-¡Guillermo!, por favor, ¿quieres subir el equipaje de estos clientes y enseñarles la habitación? –balbuceó con cierto nerviosismo que intentaba ocultar Cornejo
-¡Si claro! –respondió Guillermo el vigilante
Una vez se cerraron los ascensores, quedó todo el salón despejado, eran altas horas de la noche.
-¡Vamos! ¡Ven por aquí sígueme! –indicaba El recepcionista a Luis
Éste le siguió y entraron en la sala donde estaban todas las cajas fuertes individuales y la principal.
-¡Oye! ¡Oye! Que me ha visto el vigilante- exclamó Luis confuso
-No pasa nada, seguro que no te reconocerá, no se ha fijado contigo –Explicaba Cornejo mientras le daba instrucciones de cual era cada una de las llaves de las cajas individuales. Siguió relatando todo el plan que tenía preparado, cuando oigas que amenazo al vigilante con mi pistola de plástico sales en mi ayuda lo encerramos en mi habitación, mientras tú desvalijas las cajas.
Luis estaba muy confuso, aunque a estas alturas parecía imposible hacer marcha atrás,
Se quedó escondido ahí esperando que su compañero encañonara a Guillermo.
Las pulsaciones subían por momentos, hasta que Luis oyó como su compañero encañonaba al vigilante y éste se puso a reír diciendo
-¿Qué broma es esta?
-¡No es ninguna broma! ¡Yo no me llamo Víctor como tú crees! ¡Venga estate quieto y has lo que yo te diga! –Exclamó Cornejo muy nervioso y algo fuera de sí
Luis salió en su ayuda, pero el vigilante que estaba sentado en una silla, se levantó haciéndole frente a Cornejo.
Era corpulento, y ambos no podían reducirle y, viendo Luis el panorama sacó el puñal con la intención de intimidarle, fue en vano porque posiblemente también llevado el vigilante por el pánico se abalanzó sobre Luis clavándose parte de la hoja muy afilada del puñal, fue en ese momento cuando el vigilante vio que sangraba que se calmó asustado.
-¡Estoy sangrando! –Exclamó el vigilante asustado
-¡Venga! ¡Vamos a mi habitación! -ordenó el Cornejo fuera de sí sin saber muy bien lo que hacía, llamó reiteradamente a Luis por su nombre, este último viendo que le llamaba por su nombre le respondió en francés para disimular. Una vez en la habitación Cornejo le indicó a Luis – ¡Vete abriendo cajas mientras yo ato al vigilante! Luis salió de allí a toda prisa dirigiéndose a las cajas, sólo tuvo tiempo de abrir las dos primeras, estaban repletas, había unas treinta y tantas, cuando oyó gritar como preso de histeria a Cornejo
-¡¡¡Luis!!! ¡¡¡Luis!!! ¡¡vamonos de aquí!! ¡¡Nos bloquearan la salida!!¡¡El vigilante se ha escapado!! ¡¡Vamos a pillar el coche de algún cliente y vamonos antes que nos bloqueen la salida!!
Luis metió el dinero que terminaba de sacar de las cajas abiertas en una bolsa y se dirigieron a un coche del aparcamiento de algún cliente que solían dejar las llaves en recepción, se subieron en él y se dieron a la fuga saliendo de Illetas
-No podemos salir de la isla –Lamentaba Cornejo –La policía estará vigilando el aeropuerto y los puertos. No tenemos escape. Sólo nos queda quedarnos un tiempo escondidos en el monte y luego podemos comprar una pequeña embarcación para salir de aquí.
Puede que no –susurró pensativo Luis –Merche tenía razón. Ahora tendré que salir de esta como pueda… ¡¡Como es posible que me deje convencer con tanta facilidad!! Gritó enfadado consigo mismo.
-De nada sirve enfadarse ahora-
-Lo se Cornejo, lo se –Asintió resignado –Vamos a repartir el dinero y, nos separamos aquí. Cada cual que se las arregle como pueda –Expuso con calma que produce sentirse perdido -¡Entérate bien…Si nos cogen no hablaremos el uno del otro! ¿Vale? Yo no he estado en esta isla ¿Vale?... ¿Te enteras? –Preguntaba suspicaz.
-Claro. Naturalmente
Repartieron el dinero y Luis se puso en marcha solo, dejando atrás al compañero al que súbitamente despreciaba. Andando durante horas hasta llegar a una pequeña localidad. Allí se aseó como pudo en la fuente de un jardín y, lo primero que hizo fue entrar en una barbería afeitarse el bigote y cortarse el pelo. Luego se fue a una tienda y compró ropa que se la puso allí mismo.
Primero se dirigió a un lugar oculto y muy escondido y metió el dinero envuelto en bolsas de plástico, bien sellado con cinta de celofán y todo metido en una bolsita de piel un poco enterrado y unas piedras encima, y se fue con el dinero justo.
Se dirigió hacia el aeropuerto en un taxi y tras investigar con cuidado cogió el primer vuelo hacia Valencia sin problema alguno.
Se sentía muy nervioso. Le temblaban las manos las cuales sudaban en exceso y el agobio le impedía respirar con naturalidad. Sintió que estaba mal y que necesitaba tomar algún tranquilizante, así que se animó a visitar a un psiquiatra al que había acudido tiempo atrás el cual le recetó Lexatin 6 y Nobritol tres veces al día.
La primera toma que hizo nada más salir de la farmacia fue doble porque sentía que lo necesitaba y, al rato sintió que le hacia efecto y lo relajó.
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Habían transcurrido solo cuatro días cuando sentado en el bar se le echó encima la policía antiatracos.
-¿Qué pasa ahora? –Preguntó Luis fingiendo sorpresa.
-¡¡Quedas detenido!! Sentenció uno de ellos
-No puedes negarlo, el vigilante te reconoció por una fotografía –informó el comisario.
-Pues esta equivocado –insistió Luis tercamente
-No te preocupes, con la acusación del vigilante puedes negarlo, te condenaran igual –argumentó Baeza el jefe del primer grupo
Luis estaba fuera de si y provocó a los inspectores para que empezaran a pegar, dispuesto a dar cabezazazos y patadas para terminar cuanto antes.
Baeza, el jefe del primer grupo le replicó sabemos demasiado de ti y, considero que a las malas no te sacaremos nada, así que tranquilízate Luisito, te doy mi palabra que nadie te pondrá una mano encima aquí.
-¿Como han dado conmigo con tanta facilidad? –preguntó Luis preocupado
-A sido obra del inspector Moreno, todo ha sido por casualidad –respondió el jefe Baeza, Moreno fue quien explicó su descubrimiento, simplemente leyendo tu ficha, y las declaraciones del Llargo que os relaciona al Cornejo y a ti, en las fotos que disponemos tuyas sueles llevar bigote y hablas francés, con esos datos se le presentó una foto tuya al vigilante y te reconoció al momento.
Luis se había colocado una cuchilla de afeitar que llevaba en el bolsillo en la boca.
-Bueno, Luisito te invito a comer conmigo –Exclamó el jefe con aire de satisfacción
-Bien, -se limitó a contestar Luis decaído
Ambos subieron en la planta superior de la Jefatura, donde estaba ubicado el comedor, luis comía despacio con la cuchilla en la boca, pero captaba que Baeza sentía algo de aprecio o comprensión por él, o así lo captaba, mostró en todo momento ser un hombre a la altura de las circunstancias, algo no muy habitual en aquella época, le preguntó a Luis si podía ayudarle en algo, Luis le pidió que le encontrara trabajo a su mujer. Posteriormente cumplió su palabra
La preocupación de Luis era precisamente el traslado a Palma de Mallorca que debía evitar en la medida de lo posible. Por experiencia sabía que si en setenta y dos horas no lo trasladaban ya no lo harían así que debía intentar aplazar el vuelo, e ingresar en la prisión de Valencia a la espera de una conducción todo ello tardaría unos meses, bastante para intentar evitar que con el tiempo le reconociera el vigilante. Como no lo habían cacheado al entrar, entre unos y otros se les pasó por alto. Luis tenía los tubos de las capsulas en el bolsillo de la cazadora.
Mientras esperaba a que lo trasladaran al aeropuerto, en ningún momento lo bajaron a los calabozos, estaba sentado en el despacho con los inspectores, con disimulo se pasó la mano por la boca y con cuidado cogió la cuchilla y se la introdujo en el bolsillo del pantalón gris que llevaba puesto, acto seguido y con sumo cuidado de que nadie se fijara, se metió la mano en el bolsillo de la cazadora, abrió con el pulsar el tapón de los dos frascos que llevaba y empezó a dejar caer los tranquilizantes en su mano para luego llevársela a la boca y tragárselos, así lo hizo hasta vaciar los dos frascos.
Cuando los policías decidieron emprender el camino al aeropuerto vieron que al detenido se le iba la cabeza hacía un lado al tiempo suspiraba sin fuerza -¿Qué te ocurre? ¡Te encuentras mal! –Fue lo último que oyó antes de despertar en la cama de un hospital. Al parecer le habían hecho un lavado de estómago, pero la cabeza aun se le iba un poco. Se sentía abatido sin fuerzas.
Vio como entró la policía, y fue entonces cuando recordó todo con claridad.
-No está en condiciones de ser trasladado –le respondía el médico a un policía
-Tiene que estar allí antes de 72 horas –alegaba el número
-En ese caso que sea bajo su responsabilidad.
-Bien, así será –Dijo el número.
El detenido estaba totalmente sedado la mente no le coordinaba muy bien, pero sabía que tenía la cuchilla en el bolsillo del pantalón, se estaba vistiendo con dificultad, una vez puesto el pantalón puso la mano dentro del bolsillo trasero del pantalón con la intención de recuperar la cuchilla y cortarse las venas, no la encontraba sacó el borro hacía fuera y vio que estaba manchado de sangre y un agujero en el mismo por donde había desaparecido
No recordó nada del viaje, solo recordó las últimas palabras cuando le entregaron a la policía de Palma de Mallorca
-Por la fuerza no conseguiréis nada. A Luisito hay que tratarlo bien si se quiere sacar algo –Dijo el jefe del primer grupo de la policía de Valencia.
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Los periódicos hablaban del recepcionista y su cómplice que habían atracado, y herido al vigilante.
El juez le ingresó en la cárcel de Palma. Al día siguiente la policía le dijo que habían detenido a su hermano –Por tu culpa –dijo –Poco quieres a tu hermano si permites que le destrocen la vida por guardar el dinero-
Luis sospechaba, sabía que aquel era un truco para confesar donde estaba el dinero.
El juez estaba decidido a recuperar el dinero, le había dicho la policía y que no pararía hasta conseguirlo.
La madre de Luis fue a hablar con el juez, decidida a mentir para ayudarle. Le contó a su señoría que Luis había tenido trastornos mentales en Francia y que había estado internado en un centro de salud.
-Su hijo está perfectamente –Había dicho el juez –Lo que tiene que hacer es entregar el dinero-
-La madre insistía en los problemas de salud mental que padecía su hijo hasta que el juez dijo que si entregaba el dinero lo trasladaría al psiquiátrico para un reconocimiento exhaustivo.
Luis desconfiaba pero su madre sentía que el juez cumpliría con lo dicho y, así fue. Recogieron el dinero, lo entregaron y el juez dio la orden para que el detenido fuese trasladado en el psiquiátrico.
