El mundo secretos de las lágrimas
Capitulo XVI
Ahora pesaba una larga condena sobre sus espaldas. Por eso, cuando le ingresaron en el psiquiátrico se sintió aliviado porque desde allí creía él que conseguiría fugarse y, entonces tal vez volvería a Francia, ya que hablaba francés.
Lo único que tenía claro era el hecho de que algo tendría que hacer porque, cuando se tranquilizó y pensó con serenidad entendió que no soportaría pasar años en la cárcel de nuevo.
Le ingresaron en un dormitorio destinado a judiciales; es decir a personas pendientes de juicios.
Tenía que observarlo todo, estar pendiente de todas las rutinas, de todas. El patio era bastante grande rodeado por un muro alto de unos cinco metros aproximadamente. Desde el patio era imposible franquear ese muro, además los enfermeros vigilantes, estaban atentos en los puntos estratégicos y con zapatillas de deporte, vestían una bata blanca…
Los medicamentos eran recibidos por las monjas que esperaban pasivas a que el paciente los tomara frente a ellas y, el psiquiatra no parecía demasiado dispuesto a investigar un poco:
-¿Cómo estás –solía preguntar el médico
-Bueno…bien, si no fuera por los sueños que tengo-respondió calculador –aunque para decir verdad a veces no se si son sueños o, realidad –agregaba pendiente de la reacción del psiquiatra que le observaba pasivo.
-¿Duermes toda la noche sin sobresaltos? ¿Escuchas voces?
-Solo cuando me llaman –Responde mirando a un lado.
Pero ¿Te sientes tranquilo?-
-Si se refiere a si pienso en casos terribles, no. Eso no. Tan solo necesito estar solo y pensar
-¿En qué?
-En mejorar mi vida…En quitarme de la cabeza este miedo a que me inyecten… o a que me operen o algo así ¿Sabe?
-Ya –musita el médico –Bueno te voy a cambiar la medicación y ya me contarás en unos días. Luis sonríe interpretando frunciendo el ceño un tanto ausente…
Tenía Luis que tomar cuatro pastillas a la hora de la comida, y cuatro más por la noche. La monja llegaba con un vaso de agua y las pastillas sobre un platillo pequeño. Estaba bastante acostumbrado a hacer trampas con la boca como esconderse cuchillas de afeitar, llaves de grilletes o cualquier detalle pequeño.
Cuando la monja le tendía el vaso y la bandejita para que cogiera las pastillas la ponía en la boca y la retenía bajo la lengua; así una tras otra. Luego al salir se encargaba de escupirlas. De esta forma no se encontraría aturdido, tan solo tendría que interpretar que estaba frente a los demás.
Había un economato. Una especie de chiringuito donde se podía tomar café, infusiones y refrescos. Luis tomaba café con la esperanza que le alterara algo no lo tenía muy claro.
Llevaba tres días y no encontraba la formula para evadirse, al tercer día se dio por fin cuenta de un fallo, habían unos servicios y una de las ventanas, tenía una especie de persiana de madera, una contraventana de laminas de madera que dejan pasar cierta luz y ventilación, suelen llamarse mallorquinas, por la ubicación de las bisagras se dio cuenta que se abría hacia fuera, desde el interior que estaba más alto había que subir unos tres o cuatro peldaños, la contraventana estaba cerrada con un candado, si pudiera eliminar el candado, y con la ayuda de alguien podría acceder encima de la mallorquina una vez abierta y desde el exterior podría llegar a lo alto de la terraza que daba al recinto que era un poco más alto pero accesible desde ahí, aproximadamente un metro y medio.
Luis estaba contento terminaba de encontrar algo mientras estaba cavilando como podría abrir el candado se dio cuenta de un fallo de un par de minutos, a las dos de la tarde se hacía el relevo de la guardia, los que estaban en el patio como estaban pendiente del reloj para salir cuanto antes, cuando veían a su compañero que lo iba a relevar se retiraban para cambiarse y marcharse cuanto antes, era el fallo que Luis necesitaba, ya tenía en su mente un plan que podía resultar.
El recuento no era importante porque para cuando lo hicieran ya estaría fuera, si todo salía como lo calculaba. Por otra parte contaba con el razonamiento del entorno a su favor: Con la medicación que hacían tomar a los internos, capaz de paralizar a un caballo, nadie conseguiría ni subirse a una mesa. Por eso todos andaban arrastrando los pies por el suelo, encogidos, y sin ánimo ni para pensar. A Luis no le resultaba difícil imitarles.
Cuando la madre y esposa fueron a verle les encargó un destornillador bastante resistente. Ellas tenían que hacer noche en un hotel, y para aprovechar el viaje volvieron a verle al día siguiente, detalle permitido a quienes llegaban de fuera.
-Tu tienes que estar loco de verdad –murmuraba la madre -¿Para que quieres un destornillador ahí dentro?
-Para irme –respondió decidido
-No te metas en más líos. Ya verás todo se quedará en nada. Ten fe –animó la esposa.
-El juicio será infernal. Me caerá una gorda. Tengo que irme.
-¿¡Adonde!? –Preguntaba enfurecida la madre.
-Ya veréis. Vosotras hacer lo que os digo.
Como era habitual Luis se salía con la suya, y quienes le querían iban a colaborar. Y, al día siguiente le trajeron lo que había encargado. Lo guardó debajo de la ropa que llevaba puesta, la punta en el pantalón vaquero y el resto cubierto por la camisa azul que llevaba, también le dieron dinero.
El resto del día lo pasó pensando en cada paso esquivando a los enfermos que querían conversación.
-Oye –le detuvo un interno de unos cincuenta años -¿Podrías aclararme algo?
-¡Déjame! ¿Qué quieres? –respondió Luis malhumorado.
-¿Tu que ves en mi?
-¡Pues a un gilipollas –susurró molesto –Anda vete
-Si es así…vale –musitó el enfermo –Porque a veces no tengo muy claro si yo, soy yo, o mi madre –Razonó pasivo.
-¡Anda, déjame en paz! –sentencio mientras se alejaba del loco que pretendía aclarar sus ideas.
Donde estaba ubicada la ventana que daba a los servicio, hacía como un rincón que impedía la visión a la mayor parte del patio, sólo la de un vigilante que estaba permanentemente sentado en esa zona, Luis solía sentarme en el suelo debajo de la misma para ir acostumbrándoles, sólo necesita encontrar entre los internos que estaban en judiciales alguno de confianza que le echara una mano para poder subir encima de sus hombros, y así poder alcanzar la mallorquina.
Luis se acercó al chiringuito para tomarse un café, allí estaba un chico de unos veinticinco años de edad y aparentemente parecía bastante equilibrado. Después de una pequeña conversación entre ambos sobre lo inhumano del psiquiátrico, aprovechó interesado Luis
-¿Quieres tomar un café, te invito?
-Termino de tomar uno pero el que dan aquí esta muy aguado y otro no me vendrá mal –aceptó entusiasmado
-¿Cómo te llamas a todo eso? –pregunto el invitado
-Luis-
-Yo me llamo José
Tomaron el café y siguieron hablando andando se fueron a sentarse al lugar debajo de la ventana de los aseos, parecía que Luis tenía necesidad y prisa por encontrar la persona idónea entre tantos locos
-¿Porque te detuvieron, que has hecho? –Preguntó Luis analizándolo calculador
-Le vendí el coche a uno, no me lo pagó, cogí una maseta, ese día había mercado y delante de todo el mundo empecé a darle al coche con la maseta hasta destrozarlo, la gente miraba sorprendida…Se que estaré poco tiempo aquí –Razonó José
-¿Y tú porque estas? Luis empezó a relatarle porque estaba y la gravedad de su delito, momento en que interrumpió José
-¡Macho que esperas para intentar largarte de aquí! te van a caer un montón de años, yo en tu lugar lo intentaría todo para largarme cuanto antes, además tiene que haber algún fallo aquí, sólo es cuestión de encontrarlo –Explicó José aparentemente convencido
-Ya lo he encontrado –respondió Luis
-Entonces a que esperas- pregunto sorpresivo José
-A encontrar un compañero que este en sus cabales y quiera echarme una mano subiendo en sus hombros…
-Por eso, no te preocupes si puedo ayudarte en algo cuenta conmigo –musito José colaborador
-¡Gracias! Yo también lo haría para ayudar a un compañero – agregó Luis agradecido
-Explícame como tienes pensado hacerlo –preguntó con curiosidad el nuevo compinche
Luis le relató su plan, que había que llevarse a cabo al día siguiente, explicó pasa a paso como se iba a desarrollar debido a los fallos existentes. José se mostraba animado y con ganas de colaborar.
Tiene que ser a las dos cuando hacen el relevo y, no se darán cuenta hasta las seis de la tarde en que las monjas hacen el recuento.
-No te preocupes – a todos los locos que hay por este rincón yo me los llevaré de aquí mostrándoles unas pesetas
-Confió contigo –añadió Luis
Esa noche le costó mucho a Luis dormirse, y no perdió ni un solo minuto de vista a José, era mucho lo que se jugaba, por la mañana salieron al patio como de costumbre, Luis como solía hacer habitualmente llevaba una bolsa de deporte dentro de la misma ropa limpia y buena, la que llevaba puesta más bien sucia y en mal estado, vaqueros viejos y camisa manchada, lo único que llevaba en muy buenas condiciones eran las zapatilla, sus pies debían de estar bien sujetos.
Luis procuraba no separarse de José, se dirigieron al chiringuito a tomarse un café
-¡Tengo que ponerme las pilas! –exclamó Luis
-Qué la suerte te acompañe –dijo José
Ambos se dirigieron para sentarse debajo de la ventana como era ya habitual, al ratito entraron en los aseos José se quedó en la puerta y Luis se dirigió a la ventana, sacó el destornillador de la bolsa y, mientras José vigilaba el arrancó el candado que mantenía cerrada la mallorquina, Luis se guardó el candado en el bolsillo por si acaso algún interno lo viera y se lo llevara a las monjas, probó como se abría hacía el exterior y volvieron a sentarse en su lugar anterior, eran alrededor de las doce del medio día.
Los dos mantenían una única conversación y era precisamente la concerniente a la fuga.
Se acercaba lentamente la hora, eran las dos menos siete minutos
-Es el momento de sacar a todos estos locos de aquí, para que ninguno de ellos vea nada –Explicó José
-De acuerdo contestó Luis -que iba notando como el corazón latía cada vez más fuerte dentro de su pecho
-¡¡? Quien quieres pesetas ?!! ¡¡Vamos a jugar y os daré pesetas!! Les gritó a todos de allí mostrándoles un supuesto juego con pesetas
Momento en que el vigilante se levantó y empezó a cruzar el patio
-¡Rápido, colócate contra la pared! –precisó Luis con cierto nerviosismo
José se puso contra la pared, las manos con los dedos entrecruzados para que Luis pudiera poner un pie en sus manos y facilitarle la subido a los hombros, lo consiguió abrió la contraventana de madera y, se subió a duras penas a ella, el peligro de caída era muy grande porque era muy difícil mantener el equilibrio, con cuidado Luis apoyándose con sus dos manos a la pared, consiguió erguirse y estirar los brazos a lo alto, aun le faltaba unos centímetro para alcanzar el borde de la pared de la terraza, intentó flexionar un poco las piernas, se lo jugó todo, cogió impulso y con la ayuda de Dios consiguió alcanzar el borde de la pared, sacó todas sus fuerzas, todas por la libertad y alcanzó subir, una vez arriba se agachó y le dijo a José que le tirase la bolsa y que no se olvidara de cerrar la mallorquina una vez la bolsa en su poder dijo: -¡Gracias amigos! ¡Adiós!
-¡Adiós y buena suerte! –respondió José
Debía permanecer agachado en la terraza para no ser divisado desde el patio, Luis levantó ligeramente la cabeza y vio al nuevo vigilante que empezaba a atravesar el patio par dirigirse a su lugar de vigilancia, Debía subirse cuanto antes encima del recinto que estaba aproximadamente a un metro y medio y se exponía a que lo vieran, cogió la bolsa y de un salto se tumbó a lo largo sobre el recinto, -Que mala leche – susurro Luis para si mismo, un hombre paseaba justo debajo, era imposible debía tirarse o lo iban a ver desde el patio, tiró primero la bolsa que cayó al suelo justo detrás de ese individuo, curiosamente no se giró, acto seguido se tiró Luis que perdió el equilibrio en el último momento y se quedó sentado mirando como el hombre seguía el camino y ni siquiera había vuelto la cabeza hacía atrás. Pensó Luis, éste debe estar loco de remate.
Donde estaba se trataba de campos de cultivo que trabajaban y cuidaban internos que están en el exterior del primer recinto, aunque todo estaba vallado, Luis se puso a andar hasta llegar a una especie de campo de Fútbol, Ahí aprovecho para cambiarse la ropa, salió por un trozo de pared derruida y se encontró en una calle donde un hombre estaba limpiando su coche
-Buenas tardes –dijo Luis
-Buenas tarde- le contestó el desconocido
Se dispuso a andar hacía unas calles más transitadas en busca de un taxi, hasta encontrar uno, le pidió que lo llevara al aeropuerto.
Pidió un billete hacía la península, -¿Qué avión sale primero por favor? –Preguntó Luis ansioso
-El primer vuelo hacia la península lo tiene usted hacia Alicante - Respondió la chica que le atendió.
Luis sacó su billete y se sentó en la sala de espera, sólo para unos minutos, estaba intranquilo y con ganas de salir de la isla.
Al rato cuando se acercaba la hora, dicen por megafonía que las salidas se iban a retrasar
-¡Vaya!- susurro Luis para si mismo, lo que faltaba, ya eran casi las seis de la tarde, Luis fue varias veces a refrescarse la cara al lavabo no podía dominar el nerviosismo -¿¡No es posible que me pase esto a mi después de conseguirlo todo me van a fastidiar ahora¡? El reloj del aeropuerto marcaba la seis de la tarde, Luis imaginaba que estarían haciendo el recuento, aunque también pensaba que hasta que den parte a la policía primero buscaran por allí por todos los lugares ¿Hasta cuando dilataría el tiempo?
Por fin, nuevamente por megafonía indicaron que embarcaran los del vuelo hacia Alicante. Una vez dentro del avión Luis respiraba hondo, es como si el reloj de repente redujo el tiempo. Despegó el avión pero Luis seguía desconfiando ¿No me esperaran en el aeropuerto de Alicante? Pensaba para si mismo.
Llegó, bajó del avión con el corazón en la boca. Que alegría, que sensación tan buena cuando por fin pisó las calles de Alicante, vio una cabina telefónica y le llamó a Fernando Carballo Blanco, el último preso político español. Se alegró mucho al oírle cuando le dijo que querría verle inmediatamente, le dijo que estaba encantado y que llegara hasta su casa, por esas fechas vivía en San Juan (Alicante)
El abrazo fue grande cuando se encontraron. A Fernando le vio, desgraciadamente muy deteriorado, pero inmenso, como siempre en su calidad humana. Le contó cuanto le había sucedido y el amigo entrañable le habló de cuando el atravesaba los pirineos treinta años atrás aconsejándole que lo hiciera el ahora para no caer en manos de la justicia.