El mundo secretos de las lágrimas
Capitulo XIX
Pronto se hizo Luis, un lugar en la prisión. Llevaba ya demasiado tiempo en ese mundo que, era casi el suyo, el regalado por las circunstancias de esta sociedad inconsciente, y distante.
Ya tenía él su grupito y, su intención de alma rebelde y perturbada le animaba a provocar un motín. (Todo cuanto se relata en esta novela consta en las hemerotecas) Debido a las injusticias sociales, del pasado y del presente, del desorden de la justicia y, sobre todo de la gran desigualdad y de las muchas chapuzas llevadas a cabo por los dioses intocables que, a su vez son punto de partida de la picaresca nacional, el país.
¡Valencia estaba en pie de guerra! ¡Que desventaja… presos, la escoria, los olvidados y los “asquerosos de la sociedad” en pie de guerra! ¡Cuanta pena para los que viven la desigualdad! ¡El riesgo que corren algunos! ¡No me refiero a los enfermos mentales, si no a los dignos de orgullo siempre fue grande, y nunca respetado…Aún no lo es!
La primera galería, era la destinada a los menores. Allí conocía Luis al cabecillo, Benito. Habló con él y le preguntó que, si en caso de levantamiento que posibilidades habría para que los menores se levantaran.
-Todos acudirán a la guerra, te lo garantizo –Había asegurado, Benito.
Se hablaba del descontento generalizado de los internos en todo el país. La hora de la comida era la más propicia.
Desde la cocina se transportaban grandes gabetas donde se almacenaban los alimentos. Luis se apuntó y también lo hicieron Chasquete y el Asturiano. La idea consistía en que, cuando se pasara por el centro se tirara toda la comida al suelo y se diera el grito de ¡Motín!
Todos dieron la talla. Fue como una enorme explosión de la sangre sobre la vida. Desde las celdas arrojaban cuanto había. La policía tenía sospechas, por lo que estaba preparada. Así y todo tardó en sofocar la tensión que los internos pusieron con entereza. Disparaban pelotas de goma y botes de humo…
Escogieron a los que ellos consideraban los cabecillas y los llevaron a celdas de castigo, a las llamadas “americanas”, a purgar sus culpas, que no las de la sociedad o la de los negreros torturadores de almas.
Las navidades de 1977 Luis las pasó en las americanas, también las de 1978, porque como se verá más adelante permaneció un largo año en celdas de castigo. Poco a poco se iba normalizando la situación y fue trasladado a la cuarta galería en vida mixta hasta que consiguió salir como todos los demás compañeros al patio.
Se rumoreaba que había muchos abusos creados por la “inteligencia” interior.
Un jefe de servicios pequeño, cobarde, y como todo cobarde sádico favorable a todo tipo de abusos, falso, apodado el gusano había llevado un plan que, no era otro que hacerlo con la confianza, o comprando a algunos presos para que estos se enfrentaran al resto. De esa forma, el centro se lavaba las manos ante cualquier acontecimiento, pasara lo que pasara. Al fin y al cabo, frente a la opinión pública, en caso de que resultara alguien herido, habría sido cosa de los marginados, de los etiquetados.
Concretaron entre unos cuanto organizar una huelga de hambre para reivindicar una situación más normal como los demás internos de otras galería ya que en definitiva los más perjudicados eran los de la cuarta galería, donde no dejaban salir a ninguno ni siquiera a por la comida, solían traer las gabetas internos mas sumisos de otras galería.
Los presos de la cuarta impedían la entraran de los reclusos de las demás galerías obligándoles a dejar la comida en la cancela, mientras recibían todo tipo de insultos
¡¡Venga fuera de aquí chivatos, pelotas!! Increpaban los de la cuarta.
El director de la cárcel paso a hablar con los presos, a preguntarles por sus quejas. Ellos respondieron que querían más autonomía, en definitiva pedían una autogestión en la galería.
El director prometió darles una oportunidad antes de usar toda la fuerza.
Acabar con los favoritismos que no eran otros que los chivatos protegidos por los funcionarios y, que nadie tendría que pagar a otro para que realizase su parte de limpieza. Que todos harían por igual, la cantidad de trabajo. Se pensó que se debía crear un fondo económico para ayudar a los más necesitados y cubrir las necesidades las necesidades de los que no tenían ningún tipo de ingreso
La galería mejoró considerablemente, todo funcionó perfectamente, por cierto en poco tiempo sorprendió a todos, era la más limpia, nadie quería cambiarse a ninguna otra galería, al contrario, algunos querían pasarse a la cuarta. Todas las celdas estaban abiertas nunca falto nada a nadie.
Era la galería modelo, pero Luis pensaba que era secundario todo eso y que el fin último serviría para encontrar la forma de fugarse, las condenas que tenían los considerados más conflictivos eran largas.
Todo era perfecto hasta que una mañana a las cuatro todo quedó frustrado.
Abrieron la celda de Luis que estaba acostado
-¡¡Venga levántate Tamarit, recoge tus cosas que te vas!! -Sentenció un funcionario
-¿Qué me voy? ¿Adonde? –preguntó Luis preocupado
-No le sé –respondió el funcionario
Al salir de su celda Luis observó la galería que estaba plagada de guardias antidisturbios. Estaba completamente confuso, no entendía nada
Lo esposaron y lo acompañaron hasta un autocar habilitado para las conducciones. Subieron doce de la prisión de Valencia
De lo único que Luis se dio cuenta fue del echo de que coches patrulla de la guardia civil custodiaban el autocar.
Llegaron a Castellón donde subieron más reclusos. Más tarde en Teruel.
Los presos iban como ovejas preocupados porque nadie había sido informado de nada.
Alguno llegó a sospechar que los conducían a algún lugar alejado para ser fusilados.
Por fin llegaron a Burgos. Los hicieron bajar del autocar a empujones. Aquello parecía un hervidero de antidisturbios que se colocaron a cada lado del camino hacia la cárcel para que los presos pasasen a fuerza de porrazos.
Las protestas de los presos clamaban al cielo pero ellos estaban crecidos porque la zona estaba invadida por la policía.
No hubo descanso para nada, ni para pensar. Los despojaron de cuanto llevaban, incluso de cierta ropa, con rapidez y, solo se oían gritos diciendo: Este a tal celda, el otro a la otra etc. etc. Y todos desfilaban corriendo como si se fuese a acabar el mundo.
A Luis lo metieron en una celda sin ventana, al otro lado solo se veían las rejas.
El frío era asombroso. El funcionario abrió la puerta de nuevo para lanzarle una manta mojada –Toma para que te tapes –Dijo malicioso.
Temblaba sin poder controlarlo. En el ambiente se oían gritos de dolor. Por los gritos Luis, percibió que los estaban pegando y comenzó a temer que le llegara el turno a él. No pudo conciliar el sueño por el frío más pensando que en cualquier momento podrían entrar. Pero nadie entró. Por la mañana abrieron la puerta, Luis temía lo peor –Sígueme –Le ordenó un funcionario que lo llevó a otra celda. Había sangre en el suelo y sobre las paredes –Toma, tápalo con esto –le dijo el funcionario dejando en el suelo un saco de serrín. Aquello era alucinante. Luis no llegaba a entender nada -¿Qué habría pasado que no supiera? Se preguntaba -¿o tal vez, todo aquello era consecuencia de lo vivido hacía tan poco tiempo? Razonaba sin dar crédito.
Al rato la puerta se vuelve a abrir para dejar entrar a dos policías que le ordenaron –siéntate, vamos a cortarte el pelo-
-¿Porqué?
-¿Quieres oponerte? –Dice uno levantando la porra dispuesto.
Le cortaron el pelo a la fuerza y luego le sacaron hacia el departamento donde se salía de conducción. Allí estaban los demás con la cabeza rapada. Aquello había sido una venganza pero quedaba aún más claro cuando comprobó como unos y otros pedían sus aparatos de radio, y efectos personales de vuelta y respondieron –Aquí no habéis dejado nada ¿o si? –Todos callaron amedrentados.
Les volvieron a meter en el autocar. Las quejas lo invadían todo. Maldiciones y promesas de venganza.
De nuevo en carretera hasta que llegaron al Dueso, cárcel piloto destinada a albergar a todos los cabecillas de España pensado al parecer por el gobierno para acabar con todas las revueltas carcelarias del país.
Les despojaron de toda la ropa y les entregaron un mono a cada uno. Estaba plagado de policías armados por todas partes.
Cuando los metieron en las celdas comprobaron que en el interior no había water. Tenían que hacer sus necesidades en un cubo, y sacarlo por la mañana.
Los días pasaban y no había posibilidad ni de escribir a los familiares, Se encontraban totalmente aislados. El grado de impotencia llegó a desquiciar a Luis momento en que saltó, se agarró a los barrotes de la ventana y gritó -¿¡Donde están los leones de España…!? ¿¡Acaso se han vuelto gallinas!?-
Todos parecían acobardados, descentrados, perdidos y desilusionados. No se podía llamar al abogado. Nada.
Por la mañana se sacaba el cubo con el orín y las heces y, al momento les daban un vaso de café con leche que Luis rechazó-
-No lo quiero… Ni comer, ni cenar. Nada –Gritó privado de rabia
-¿Por qué? –preguntó el funcionario sonriente.
-Porque no me dejan ver a mi abogado, ni escribir a mi familia –razonó, y el funcionario sonrió. Y pasaron los días y Luis, seguía sin comer hasta que le llevaron frente al jefe de la zona y al médico- Y cuando le preguntaron porqué y el explicó su porque le dijeron.
-¡Aquí los cojones se dejan fuera! –Dijo el jefe – ¡Puedes comer, o morirte! Pero eso si… ¡Sin hacer ruido! –Agregó sin que Luis tuviera ánimo para hablar.
El médico le aconsejó comer algo recordándole a su familia, y la vida que espera fuera. Y, recordándole además que, si se muriera no lo iba a sentir nadie en realidad, como no fuera alguien fuera del recinto.
Aquella realidad, aquel razonamiento hizo que Luis recapacitara y sin pronunciar palabra sintió de nuevo que la única caricia y esperanza posible no estaba allí, sino fuera. Junto a todos los peligros y tentaciones de la vida pero, fuera.