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El mundo secretos de las lágrimas

 

Capitulo II

Acababan de dar las nueve campanadas en el destartalado reloj de campana que había pertenecido a la abuela. El Sol aún se desperezaba cuando su madre paría la vida que supuestamente habría de ser suya un tres de abril de mil novecientos cincuenta. Aries suspiraba cansino y, el hombre nacional, persistía a lo largo y ancho de la España que presumía ya de haber superado los efectos de aquella guerra inútil como injusta; como supongo que serían y serán todas las guerras.
Albalat dell Sorells pueblo enjuto a escasos kilómetros de Valencia era la señal en el mapa familiar. Su abuelo, según relataban, había sido un hombre serio y trabajador sin sueños propios que no fueran los de cubrir los naranjos con unas lonas para fumigarlos y convertir así la miseria generalizada en la cosecha. Sus hijos se habían afiliado a la CNT FAI  con ideas que no siempre compartía el anciano inmerso en la idea de sobrevivir.
Durante la guerra civil, un tío suyo, hijo del abuelo que pertenecía a la CNT salvó por casualidad, la vida a un franquista en apuros que lo iban a matar. Poco tiempo después aquel franquista, fiel a los chivatazos, denuncias, presionaría decidido para que fusilaran al abuelo que resultaba incomodo e indeseable para el régimen dominante.
A su madre y sus hermanas les había resultado más “fácil” tan solo les pegaron tras insultarles como seres infecciosos, y les raparon el pelo al cero. La marca de la diferencia parecía estar grabada a fuego sobre la piel familiar. De por si, dada la realidad de miseria del país, ya era difícil sobrevivir, pero más lo era para los vencidos que sobrevivían a duras penas, si no tenían la mala suerte de ser denunciados por alguna envidia o rabia, en cuyo caso la vida podría perder todo valor, frente a una paliza monstruosa, o a un fusil siempre dispuesto en manos de los resentidos.

                                                                                            Tenía solo dos años cuando cayó gravemente enfermo. La carencia de medicinas eficaces dejaba la salud en manos del diablo para que decidiera vida o muerte, como lo hacía el régimen dominante. Tan solo los pudientes, que eran cuatro, podían combatir los efectos de la epidemia de tifus y tuberculosis propiciadas por la carencia alimenticia por la que pasaba el país, y la de higiene mínima que no pasaba del fregado del suelo con estropajo de esparto y agua porque el jabón brillaba por su ausencia como el azúcar, el pan blanco, el aceite y todo lo demás. Gracias al estraperlo, de vez en cuando, el puchero hervía algo más que boniatos cocidos y, si acaso una patata.
-Solo un milagro podría salvar a aquel niño –había informado un especialista de valencia al que habían acudido, ya que el médico de cabecera del pueblo  no parecía aclararse demasiado. Tan pronto le parecía que, el niño tenía tuberculosis como cualquier otro síntoma cuando en realidad lo que padecía era un tifus en fase muy extendida.
Las continúas hemorragias, por la nariz le debilitaba más y más pero, así y todo la muerte no quiso hacerse cargo del niño, y este sobrevivió para vivir sensaciones posiblemente escritas ya en el bloc del destino para más INRY.

                                                                                                    Su padre se dedicaba a buscar, con escasísimo éxito, algo de trabajo en lo que fuera, para dar paso siempre a la realidad dominante que no era otra que lo del fracaso continuado. Así que decidieron salir para Francia con la esperanza de encontrar allí lo que España negaba a los españoles, fueren de la región que fueren, porque la miseria reinaba en todo el país.
Al niño Luis, lo dejaron aproximadamente un mes al cuidado de una tía, la que cuando el niño tenía hemorragias provocadas por la debilidad, además de por los residuos de la infección que no acababa de remitir, le taponaba la nariz con algodón empapado en agua oxigenada como remedio casero que se negaba a ser remedio. Naturalmente, la ignorancia es muy atrevida. Los tapones nasales provocaban que se tragara la sangre para después vomitar alarmando a la tía que no sabía que hacer, y que se lamentaba como una cabra asustada en corral ajeno.

                                                                                                 Cuando por fin pudo reunirse con sus padres, se encontró en otro mundo, donde la gente hablaba de forma diferente, detalle aquél que provocaba una especie de timidez enfermiza con  la que tuvo que luchar toda la vida a pesar de que con el tiempo, naturalmente el niño aprendió francés…

                                                                                                           La vida allá, en Francia, tampoco resultaba fácil, ni cómoda. Los padres se veían obligados a cambiar a menudo de trabajo, de zona y hasta de región, y esto obligaba como es natural, a que el niño cuando casi se sentía amoldado al ambiente, se rompía todo en el interior de su joven cerebro para empezar de nuevo en uno y en otro lugar. Aún hoy, Luis, recuerda los síntomas de la crueldad infantil como, al principio, insoportable, los niños franceses le insultaban porque no sabía hablar y, hasta lo marginaban e intentaban, a veces con éxito, pegarle en nombre de la “diferencia” que había llegado a perturbarle. Crecía Luis, que allí había comenzado la causa efecto de la rabia que le había marcado y marginado de por vida. No habían sido momentos propicios para el desarrollo de una personalidad equilibrada y si, para un pronto de rabia, en el que podía desarrollar un temperamento capaz de enfrentarse a quien fuera, o lo que fuera, como una fiera acorralada capaz de arañar la cuenca del mismísimo cielo.

                           Cuando tenía ya doce años, en cierto modo se sentía nativo. Su francés hablado, y pensado, no se diferenciaba del de los jóvenes de su entorno aunque, en el fondo, él sabía, porque así había registrado en su cerebro de niño, que era extranjero, un español intruso reflejado para más rabia en el acento de extranjero, de sus padres, que no podrían evitar y que él percibía cuando el entorno lo percibía, haciéndole sentir marginado en la realidad de su sentir más íntimo.
Aquel año durante los tres meses de vacaciones escolares, quiso ayudar a sus padres y se puso a trabajar en una serrería, tal vez porque unas monedas más tendrían un buen destino, nunca lo tuvo muy claro.
El dueño de la serrería, un hombre enjuto con cierta literatura miserable, tenía como vehículo de transporte un carro de dos ruedas que lo movía un burro grisáceo pasivo de aspecto cansado. A Luis le gustaba acariciarlo con delicadeza como si su cerebro infantil percibiera en el animal dosis de desgracia y de esclavitud que él había vivido de una u otra forma, a lo largo de toda su vida. Le estremecía aún más cuando el animal respondía, o así le parecía al niño, mirándole con ojos de agradecimiento, sintiendo tal vez, agradecimiento ante la causa efecto de la energía de aquella mano amiga sobre la piel cansada del asno.
Allí se cortaban los troncos destinados a ser tablones que luego de secarse pasarían a las carpinterías para su transformación.
No paraba Luis de trabajar espiado a cada momento por aquel dueño frío y distante, pero nunca se quejó, tal vez porque sentía o había captado la inutilidad, de razonar con una piedra del camino de su vida; se sentía recompensado con el olor de la madera.

A los trece años, mentalizado, con tal de no volver al colegio pidió trabajo al repartidor del pan que repartía con su coche. Aquel ser parecía un buen hombre, y sonriente le respondió que si, que si lo deseaba de verdad, le podría emplear como aprendiz.
A lo largo de los tres meses de vacaciones, todos los días llevaba a casa el pan calentito recién salido del horno, se lo entregaba a su madre feliz y satisfecha para después retirarse a dormir.
Al principio le resultaba complicado, duro, al joven Luis. Su metabolismo tenía que acostumbrarse a trabajar por la noche, tal y como hacen los panaderos, para dormir por el día. Pero resultaba fácil porque tanto el dueño como su esposa le trataban bien y hasta con cariño al joven trabajador; hasta tal punto que en varias ocasiones le llegaron a decir que si lo deseaba podría vivir con ellos. Él, naturalmente no estaba dispuesto a hacerlo pero, el hecho de que le expresaran cariño con tanta naturalidad le hacía sentir feliz, necesario, respetado, querido y, aquella realidad le hacía flotar sobre el cielo de su mundo privado.
De todas formas aquella súbita felicidad duraría muy poco. La ley francesa no permitía trabajar a los niños que no habían cumplido los catorce años, así que la desilusión volvía a cortarle de raíz la ilusión y tuvo que volver al colegio dejando atrás la amabilidad del panadero y aquella paciencia paternal con la que le enseñaba el oficio.

                          Fue a los catorce años cuando se empleó como aprendiz de fontanero. El jefe era la otra cara de la moneda: frió, distante, dictatorial y abusivo. Cuando más disfrutaba aquel hitleriano explotador era cuando le corregía delante de la gente. Quiso irse pero su padre se lo impidió, alegando que él mismo lo había decidido al no querer continuar en el colegio. Así que la vida tortuosa continuó llenando la botella de su vida, de rabia y resentimiento. Expiando cualquier momento para pedir justicia, aunque fuera a grito tan solo en el interior de su cerebro.
Colocaban las canaletas al borde de los tejados. El negrero del jefe, le obligaba a cargar con todo, incluso con la botella de butano sin rechistar si no quería la bronca que no tendría fin, así que para no soportarlo trabajaba exageradamente sin oponerse, sintiendo el odio y el desprecio, como la pelea que no podría tener. Cuantas veces sintió ganas de empujarle al vacío cuando el jefe soldaba al borde del tejado, pero sólo eran intenciones propias de la impotencia.
En una ocasión Luis, que caminaba sobre las tejas transportando la bombona de butano resbaló y se torció el tobillo y, a pesar de tener el pie hinchado, que a duras penas lo podía colocar sobre el suelo, el jefe le obligaba a trabajar cargado como una mula. Le odiaba en silencio, y en el pensamiento se vengaba empujándole al vació o tirándole la bombona para herirle a conciencia.

                                                                 Una vez más tocaba el traslado. Aquel era a un pueblo cercano “LA TOUR DU CRIEU” pueblo que jamás consiguió olvidar.
Allí vivía una mujer de veintiocho años muy atractiva. Luis aún tenía catorce.
Aquella francesa alta, rubia de pechos exuberantes y sonrisa, entre angelical y pícara, tenía un hijo y una hija. Su marido, por razones de trabajo, vivía en otro pueblo. Tan solo volvía a casa de muy tarde en tarde.
Las buenas lenguas del lugar, comentaban que la guapa francesa se acostaba con un albañil casado del mismo pueblo. Luis que empezaba a soñar, a sentir como chico que despertaba, la miraba con ojos rebosantes de imaginación sexual, aunque no se atrevía a expresarlo como no fuera en el interior de su mente, de su cielo particular.
El padre de la joven rubia era un coronel retirado que vivía en la misma calle y quien, al parecer, vigilaba desde la distancia con cierta desconfianza, pero en silencio.

                              El destino quiso que el niño Luis, pasara un día frente a la casa de la rubia, mientras ésta se lamentaba del hecho de que la cerradura de la puerta de entrada a su casa se le había estropeado.
-¿Puedo ayudarle en algo? –Preguntó Luis con cierta timidez
-¿Sabes algo de cerraduras? –Respondió ella sonriente
-Un poco –respondió Luis decidido aunque tímido y cauto – Trabajo en el taller donde se hace un poco de todo –agregó mirándola embelesado
-Bueno, mira a ver que puedes hacer –insinuó amable la francesa y Luis se acercó decidido deseoso de poder ayudarla a pesar de que, ni tan siquiera tenía claro el deseo que le obligaba a intentarlo.
Ella sacó, a petición de Luis, una caja de herramientas y este se dispuso decidido a manipular la cerradura.
-¿Crees que podrás arreglarla? –preguntó monótonamente ella
-Creo que si –respondió él decidido sin dejar de trabajar hasta que por fin hace girar la llave para exclamar satisfecho de si mismo -¡Ya está, arreglada!
-Vaya, que maravilla –exclamó ella mirándole con cierta picardía mientras le acariciaba la cara haciendo que el joven se sonrojara -¿Te debo algo?
-No, nada – respondió él semi sonriente
-¿Nada de nada? –Insistió ella entre tontorrona y perturbadora – Bueno pues al menos, pasa que te daré un vaso de  cerveza.
Luis no respondió se limitó a seguirla hasta la cocina donde la rubia llenó un vaso de cerveza y le invitó a sentarse a su lado frente la mesa redonda cubierta por un mantel a cuadros, -Toma bébetela y te pongo otra  -agregó sin dejar de mirarle
-Gracias –susurro el joven
-¿Cómo te llamas –preguntó la rubia –yo me llamo Daniele
-Luis-
-¡Ah!, que bien Luis. ¿Tienes novia?
-No –respondió con timidez
-¡Vaya…! Como es posible que un joven tan guapo como tú y no tenga novia… ¿No será que no te gustan las chicas? –Preguntó maliciosamente sin dejar de mirarle
-¡Claro que si! –Exclamó Luis sintiendo como el fuego quemaba sus mejillas mientras agachaba la cabeza levemente
-Te has puesto colorado –musitó ella provocativa al tiempo que le acarició el pecho haciendo deslizar la mano hasta la bragueta del inmóvil y confuso joven que no daba crédito a cuanto le estaba pasando.
-¡Ah!, muy bien. Reaccionas –Exclamó Daniele al sentir que algo crecía al otro lado de la cremallera del joven -niño- ¿No lo has probado aún?
-No respondió entre dientes.
-¿Te gustaría probarlo…? ¿Jugar un poco? –Susurro maliciosa
-Si –respondió Luis de golpe casi sin fuerzas sin atreverse a mirarla, pero en aquel instante ella retiró la mano al oír la voz de su padre que entró en la cocina.
-Hola, papá –saludó ella con naturalidad –Fíjate que casualidad, se me estropeó la cerradura y Luis me la arregló y… no me quiso cobrar nada por eso le estoy invitando a una cerveza.
El coronel retirado sonrió levemente al joven, entre agradecido y analizador mientras Luis se despidió cortés saliendo de la cocina.

                                                                                      Aquella realidad había tenido fuerza huracanada en el cerebro del joven que a duras penas había podido conciliar el sueño.
Al día siguiente una extraña fuerza interior le animaba a pasar por la acera de la casa de Daniele que curiosamente miraba a través de la ventana -¡Vaya, Luis! ¿Dónde vas?
-A casa –respondió el joven atropellando la saliva que tragó con rapidez
-¿Quieres una cerveza? –Preguntó el vicio reflejado en los ojos claros de la francesa
-Bueno –balbuceó Luis indeciso pero decidido aunque sentía confusión aunque la fiebre del soñador mandaba a duras penas y, entró hasta la cocina para beber sin ganas la cerveza de la discordia.

                                         Ella le acarició el pelo en silencio. El se dejó acariciar sin más sin atreverse a mirarla y el silencio lo invadió todo por un momento. Le cogió el vaso ella y lo dejó sobre la mesa – Ven conmigo –y Luis la acompaño hasta el dormitorio. Se sentó sobre la cama y le señaló que se tumbara a su lado - ¿Se lo dirás a alguien? Preguntó ella con cierta seriedad calculadora.
-No, claro que no –respondió la víctima embelesado en su propia fantasía y ella se desabrochó la blusa dejando al aire sus pechos desafiantes donde colocó la mano del ingenuo inexperto mientras que con la otra mano bajaba la cremallera del reo -¡Vaya…!ya eres un hombrecito! –Exclamó mimosamente dominante.

                                        Se quitó las bragas y le bajó el pantalón a Luis. Colocó las manos a ambos partes de la cabeza y con delicadeza se colocó entre sus pechos. Luego se tumbó sobre la cama y después de magrear al joven le dirigió conociendo su falta de experiencia hasta colocarlo sobre ella y sentir como la penetraba.
La respiración de Luis alteraba su pecho. A duras penas podía pensar, tan solo sentir desde una especie de aturdimiento que vivía con ansiedad, mientras ella disfrutaba guiada por un deseo tan suyo, como posiblemente enfermizo.
Luis se crispó, y el ritmo de su respiración se agitó mientras gimió levemente sintiendo que la vida se le escapaba por el pene. Ella lo recibió viviéndolo casi como él, como una niña demasiado crecida, o tal vez como una infanticida necesitada más allá de lo censurable.

                 Aquel juego sexual duró unos dos años. Ella se puso a trabajar en una tienda de ropa. De vez en cuando le regalaba alguna prenda. Ella efectuaba el recorrido al trabajo en Velosolex. El la esperaba con su Mobilette a la salida para ir a su casa a hacer el amor, pero cuando coincidía que llegaba su marido, se detenían por el camino y hacían el amor tras unos matorrales a poca distancia del camino entre la hierba.
Crecía Luis, que a Daniele le gustaba dominarlo sexualmente y jugar sabiendo que dominaba. Aquella realidad parecía provocar en la rubia un morbo inmenso, tan inmenso como su necesidad sexual.

                                                                                      Los amigos que tenía en aquella época eran muy lanzados. Presumían de dominar todas las circunstancias y le animaron  a practicar boxeo a lo que accedió ilusionado. Aquello le haría sentir la fuerza, y  hasta el dominio varonil tan en voga en aquellos tiempos.
Los fines de semana salía con sus amigos y con algunas chicas de su edad aunque en su alma aún estaba Daniele. Ella, fiel a su chocho loco se repartía entre unos y otros provocando en el joven síntomas de celos y rabia que controlaba a duras penas.
El alcohol no le acababa de gustar pero lo ingería porque, era de hombres, y en cierto modo le regalaba la fuerza necesaria para dominar la timidez.
Con aquellos jóvenes amigos aprendió a usar la fuerza y la picaresca y, a como dominar a las jovencitas que se hacían las remolonas. Ser machito interior le animaba y, hasta se crecía dominando las situaciones. Todo era un juego, ese tipo de juego que no se llega a controlar y que acaba dominando al que juega.
A menudo retaban a los jóvenes de otras zonas. Marcar el territorio comenzaba a ser importante y, hasta obligado; no fueran a pensar que era una nenaza.
Sabía que las muchachas preferían hacer el amor con los líderes, con los fuertes y, él lo era, ¡no faltaría mas!
Su padre estaba demasiado ocupado buscándose la vida, como extranjero. Su honradez le traicionaba, porque jamás tenía lo que necesitaba. Por otra parte tampoco tenía tiempo para dedicarle un tiempo de juego. Ni para educarle, entre otras razones porque el padre jamás había tenido quien le educara a él.
En el registro de sus recuerdos no había amistad, juego, ni amor, ni cercanía, aunque si palizas gratuitas como excusa, fuera lo que fuere; y la necesidad de ser admirado por Daniele que tan solo se le permitía, cada vez menos, cuando a ella le apetecía.
Un día guiado por la fuerza de la rabia, Luis planeó acudir a la casa de la rubia –Nos la follamos todos, para que se quede a gusto –Había dicho con rabia pero cuando llamaron a la puerta gritando, dando la nota –Venga rubia, abre la puerta que te la vamos a meter todos, y bien. No seas tonta que te lo vas a pasar bomba –Insistía gritando –Ya verás como no te van a quedar ganas de buscar a ningún otro –Mascullaba con chulería
Se abrió la ventana por la que apareció el marido enfurecido –Iros de aquí hijos de puta  os juro que bajo y os rompo el cuello.
-¡Ah, si! ¡Baja si tienes huevos, cabrón! –Retó Luis –Pero que baje también tu mujer que nos la vamos a tirar todos ahora –Agregó malicioso.
Se apartó el marido de la ventana y al momento se abrió la puerta de la vivienda para encaminarse hacia los alborotadores que le habían enfurecido. -¡Os vais a enterar! –Sentenció cuando salió Daniele en pijama dispuesta a detener la pelea
-¡Detente, cariño! ¡Déjalos! –Gritó la esposa agarrándole por un brazo –Iros por favor. Marcharos de aquí –Suplicaba la rubia
-Solo después de cogerte el culo –Grito animado un compañero
-Eso es. ¡Y las tetas! –Grito otro mientras esquivaba al marido que enfurecido pretendía coger a uno
-Iros de aquí. No me hagáis esto –Insistía ella
Ni lo pienses –Dijo Luis haciendo que el marido diera la vuelta para dirigirse al coche amenazando que se iba a la Gendarmería

 

                                                                  En la Gendarmería, el enfadado cornudo, quiso denunciar a Luis pero la policía que estaba al tanto de todo le aconsejó que se fuera y que no provocara que la familia de Luis denunciara por abusos a un menor y viera su casa perturbada por delito existente. Así que el ofendido sabedor del todo de su mujer reaccionó y se fue cabizbajo.

 

   

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