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El mundo secretos de las lágrimas

 

Capitulo XXII

La reclusión en celda de castigo llegaba a su fin. Luis estaba visiblemente alterado. Su fiera interna necesitaba la mínima para sacar los dientes y arañar, o morder.
Antes de ir a la cuarta galería había pedido ver al médico porque se sentía  vulnerable y agobiado.
-Pero no me causes ningún problema ¿He? –Le había dicho el número
-Solo si me tratan mal. Ya lo sabéis –Respondió
Pero en aquel hotel sin estrellas siempre pasea el diablo. Siempre hay motivo para que un alma herida vea o sienta algún tipo de abuso.
El asturiano tenía el turno para ver el médico antes que Luis. Desde fuera escuchó lo mal que el doctor le trataba. Ha veces los empleados de la gran cloaca saben muy bien con quienes se pueden pasar o desahogar. Y, como le expulsaba del despacho con muy malas maneras sin motivo aparente. Y, aunque entendía que todo el mundo puede tener un mal día, incluidos los médicos y los carceleros, se le hervía la sangre. Así que cuando vio salir al asturiano con la cabeza gacha en su interior le pinchaban.
-¡¡Siguiente!! –Escuchó de mala manera y entró.
El médico hombre de unos cincuenta años, de experiencia sombría y quisquillosa escribía sobre un papel, luego se puso a mirar otros papeles sin levantar la cabeza para mirar el “enfermo”.
-¡Que quieres! –Preguntó el médico sin mirarle
-Vengo a pedirle mi tratamiento –Dijo Luis
-Hoy no. Venga otro día – Respondió sin mirarle
-¿Para que he de venir otro día, si ya estoy aquí? –Dijo levantando la voz
-¡Porque te lo digo yo! –Gritó sin más consiguiendo que Tamarit diera un puñetazo sobre la mesa lleno de ira -¡Maldito, cerdo…! ¡Te voy a…dar! Amenazó Luis levantando el puño.
-¡Llévense a este demente! –Gritó el médico ofendido creciéndose sobre su propio orgullo y, los antidisturbios que ya estaban pendientes Y todavía permanecía en el interior de la prisión, se abalanzaron sobre él para reducirle
-Mira que eres burro –Dijo uno de ellos – Sigue así y te saldrán raíces en la celda baja.

                                                                      De regreso a la celda le llevaron cogido por los brazos y al cruzarse con el jefe de servicios Don Mendo se detuvo al ver como le llevaban -¿Qué le pasa a ese? –Preguntó con cierto desdén y los antidisturbios le informaron de lo acontecido.
-Tu eres un veneno –Reprochó el Jefe de Servicios –Sigue con esa letanía y ya veras.
-¡Ya veré! ¿Que? –Espetó Luis en la misma línea -¿Qué vais a hacer, matarme…?¿y donde vais a esconder el cadáver –Agregó sentenciador.
-Nos lo comemos y así no quedan huellas –Respondió recreándose risueño, con malicia
-¡Pues mira por donde!… ¡a lo mejor me adelanto yo y te enteras de lo que vale un peine! –Espetó- Solo juego no te comería para no envenenarme –agregó escupiéndole
-¡Locos…! ¡Todos locos. Por eso estáis aquí…Todos –Gritó enfurecido limpiándose la saliva de la cara -¡Lleváoslo!
-¿¡A donde!? –Preguntó gritando -¡Me lleven donde me lleven, tarde o temprano saldré y… entonces…! Te busco y ¡te mato!
-¡A un psiquiatra de por vida! –Respondió –allí es donde debes estar después de la que te voy a meter
-¿Dónde me la meterás? ¿He? – Espetó - ¿No será que te gustaría que te la metiera yo a ti?

                     Aquella explosión de rabia incontenida provocó que el jefe de servicios le pusiera una denuncia por insultos, intento de agresión y, por amenazas de muerte.

                                                                                                                      Aún seguía el régimen franquista. Y Luis sentía que a pesar de los primeros pasos de la democracia todo seguía tal cual, al menos en el interior de las cárceles. De vez en cuando algún empleado le insinuaba, tan solo insinuaba que no estaban de acuerdo con los métodos “antiguos” solían decir cuando eran tan modernos, como que estaban usando en el presente.

                                 Una vez trasladado, en la celda de la cuarta galería comenzaba a funcionar como antes, aunque su estado de ansiedad seguía perturbándole. Al principio le dejaron salir al patio a la hora de la siesta, mientras los demás estaban chapados pero, poco a poco todo se fue “normalizando” y ya salía mas asiduamente como el resto de los internos.

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Le hizo llamar el jefe de servicios, compañero del otro que tuvo el altercado. Le hizo sentar frente a la mesa mientras cogía unos documentos.
-Es tu expediente –Dijo el jefe de Servicios
-¡Ah, si! –Respondió pasivo-
-¿Sabe Tamarit, que tiene el peor de los expedientes que hayan pasado por esta prisión?
-¡Ah, si!-
-Si-
-¿Y que quiere decirme con eso? –Preguntó con suavidad
-Bueno. Según el expediente eres el principal cabecilla del intento de fuga, y del incendio de la prisión Informaba tratándole de usted y tuteándole simultáneamente –Atracos de todo tipo, susurro, amenazas de muerte, robos de todo tipo incluido el coche de la mismísima policía. Alentar a los reclusos al motín, atentado, venganzas, palizas, falsificaciones de documentos y…
-¿A donde quiere llegar a parar? –Interrumpió y, el jefe de servicios, deja los documentos sobre la mesa para mirarle amistoso. Más bien, exageradamente amistoso.
-Es usted, la pera-
-¿La, pera?-
-O estás loco de remate, o eres un tío cojonudo –exclamó un tanto satisfecho.
-¿Qué intenta decirme? ¿Para que me hizo llamar?
El jefe de servicios le mira sonriendo levemente antes de responder –Que va a poder estar usted con su mujer –Dijo con cierto acento optimista y dulzón
-¿Por qué? –Preguntó el preso suspicaz
-En estos momentos está con el sargento de la guardia civil y con el director  –razonó –Y quieren hablar contigo.
-¿De que? No entiendo
-Bueno. Ya lo entenderá –Musitó para luego levantarse y conducir al preso a la oficina donde le esperaba el sargento y el director Don Luis.
El Sargento le hacía ver que se iba a retirar del cargo y que antes de irse quería hacer una buena obra, a quien se lo mereciera. Parece ser que el director Don Luis necesitaba cambiar de aires. Al igual que el sargento también dejaba el cargo para retomar su carrera de cómo abogado.
-Ha sido una lastima no haberse conocido antes –Le dijo amistosamente –En estos lugares hace falta gente como usted, luchadores pero nobles. Fuertes pero con ganas de justicia para todos. Orgullosos pero, justos.
Luis escuchaba sorprendido, sin dar crédito a lo que oía pero. Suspicaz.
A pesar de que en aquellos tiempos no existía el vis a vis, (empezaba a aplicarse a los más privilegiados) el director le estaba ofreciendo verse con su esposa y, ser feliz. Poder abrazarla
-Puede usted verse con su esposa y… Hacerle lo que quiera ¿Me entiende? Además esto puede ocurrir todas las semanas. Una vez cada semana –Recalcó
Todo estaba muy en el aire, pero lo que si quedaba claro era el hecho de que Luis debería ser bueno. Entendiendo por bueno, colaborar con el centro para que todo funcionario bien, en el sentido de poner fin rebeliones, intentos de fuga. En fin, cualquier cosa que pudiera perjudicar al centro. En lugar de animar a los reclusos, el como líder indiscutible, que hiciera todo lo contrario.

                                   Aquella realidad, a Luis le hacía sentir vergüenza ajena. Se sentía aturdido. Sentía que su honor carcelario, esa especie de entrega,  ese ritual inalterable estaba en juego y, él sentía que no podía ser. El jamás traicionaría su honor carcelario, ni a pesar de la muerte. Por otra parte, pensó –Que pensarían mis compañeros cuando se enterasen del privilegio de poder ver, y follar, con mi mujer. Pensarían que había traicionado mis ideales, y que me había vendido. Que soy un chivato –Razonó.
Su fidelidad habría que estar por encima de todo. Su lucha y orgullo personal no podía estar en venta, ni en alquiler. Lo que en libertad se diría: mis principios.
-El tercer grado será el siguiente paso –Había dicho el director –Poder volver a la libertad casi de forma total –Había recalcado.
-No puedo aceptarlo de ninguna manera –Dijo el preso
-No entiendo ¿Por qué?-
El director decía que no lo entendía pero, si lo entendía porque por experiencia conocía aquella especie de fidelidad propia de los líderes en prisión que llevaban muchos años viviendo bajo la vara dictatorial.

                                                                                   El director ya había trabajado la idea,  aunque de otra forma con la madre y la esposa del preso. Les había dicho-informado que, muchos de los considerados amigos fieles de Luis estaban traicionándole “chivándose” de él, de que era el cabecillo de todo cuanto ocurrió y que era una pena que Tamarit confiara tanto con ellos. Lo que tenía que hacer, era vivir su propia vida, centrándose en conseguir la libertad, cuando llegara, y ser feliz. Madre y esposa compartieron el razonamiento del director que, además parecía una buena persona, preocupado por el bienestar del preso por lo que, la influencia en el preso por parte de ellas podría dar su fruto.
Pero Luis, erre que erre. No estaba dispuesto a vender su alma al diablo. Jamás traicionaría sus creencias, ni toleraría que lo miraran como el chivato maricón que se vendía por un poco, de muy poco.
-Hace tiempo que asimilé mi propio fracaso –Aceptaba Luis –Yo escogí mi propio camino. Puede que forzado por las circunstancias, pero lo escogí. Fui un niño malo, y pagué por ello. Y cuando fui hombre, acepté lo que me pudiera pasar –Razonaba –Luché y lucho en conciencia y lo seguiré haciendo. Hoy, soy más hijo de la cárcel, que de la libertad. Mis leyes están aquí, las de afuera perjudican aún más… ¡Yo, soy, fruto de mi mismo!
El mundo me negó la felicidad, desde siempre. Soy agresivo porque todos colaboraron para que lo fuera, incluso la mismísima justicia… ¡No, no puedo aceptarlo! –Había razonado y decidido el preso.

                                                Cuando por fin pudo ver a su esposa, a quien se moría por ver, le dijo que no volviera porque no estaba dispuesto a verla bajo aquellas circunstancias.
Ella no parecía entenderlo y lloraba en silencio pensando que el hombre por el que había estado esperando siempre, no la quería. Pero el mirándola a la cara, con la fuerza del alma y corazón juntos, le juró que, la quería más que su propia vida pero que no podía traicionar sus raíces del alma, su firmeza, su falta de fe en la justicia, y su fe en la lucha rebelde que mantenía desde siempre –Cuando consiga la libertad, vida de mi vida, será porque me pertenezca, y no por traicionarme a mi mismo y a otros infelices que viven amargados como yo –Le dijo con amor y fuerza personal.

                                                                       A la semana siguiente cuando el funcionario le informó de acompañarle al vis a vis para estar con su mujer. Luis le respondió tajante que no iría, que renunciaba a tal beneficio. Se sorprendió ante la negativa del recluso. Lo deseaba más que su propia vida pero sentía que tenía que decir que no, y así lo hizo.
Se sentía hombre. Hombre, entendiéndolo desde el interior de las cárceles, y no desde la libertad. Entero, y fiel a su realidad de ley del interior del infierno, no chivato, realidad por la que se llega a matar dentro de la cárcel. Se sentía él, tal cual era, él.
Ausencia de cobardía en lo esencial aunque temeroso de muchas cosas, si, pero no traidor, ni cobarde.

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Quien penetra en Chesed, mundo del espíritu puro e inefable, puede verificar en esa región que ahí dentro todo se reduce a números, es una región terriblemente real. En ese mundo no vemos las cosas tal como son, sino las imágenes de las cosas. En Chesed sabemos cuantos átomos tiene una mesa, cuanto Karma debe el mundo, se sabe cuantas moléculas viven en cada cuerpo, es un mundo de matemáticas, es un mundo realista; en este mundo se cree uno que, va a estar apartado de la realidad y ahí se vive en la realidad. En un templo se sabe que cantidad de gente está autorizada y quienes no. Si se mete uno en una cocina se sabe que cantidad de átomos tienen los alimentos que nos vamos a comer. Es un mundo terriblemente realista. En el mundo de Chesed se viene a saber quien es hombre, de verdad.