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El mundo secretos de las lágrimas

Capitulo XXVIII

Pero para no enfadar a lucifer, poco habría de durar la libertad. Tamarit sin ayuda de algún organismo, empezó a vivir de nuevo las penurias. Aflojó la faena, y el dinero se acabó. En su casa se pasaban necesidades y, su hija pagaba  las consecuencias de la España sumergida y de la carencia de justicia real. Pero así y todo, Luis no quería delinquir.

Se encontró de nuevo con el mecánico. La vida no le trataba mal y, éste no había olvidado el gesto de Luis aquellas Navidades. 

Se dedicaba a importar coches de Alemania. Luis le comentó las penurias por las que pasaba y éste metió la mano en el bolsillo y le entregó diez mil pesetas –Toma para que puedas aguantar el chaparrón-

A los pocos días Juan el mecánico le presentó a un señor de unos sesenta tantos años que acababa de llegar de Brasil. Parece ser que aquel hombre había llegado al país dispuesto a ganar dinero. Allá en Brasil, tenía casa y vivía con una jovencita muy guapa, según él, y, como andaba despistado Juan le pidió a Luis que lo recogiera en su casa, pues argumentaba que le había echo un favor en su día pero que su mujer no lo admitía, por lo que provisionalmente aceptó Luis.

Estuvo en su casa unos tres meses, luego se fue con su mujer. Parece ser que se dedicaba a estafar. Untaba con dinero al secretario del ayuntamiento, y de esta forma, parece ser que conseguía la adjudicación de terrenos, que llevaban años sin pagar. De personas fallecidas, de terrenos olvidados etc. Averiguaban si la persona en cuestión estaba localizable, y tras todas las gestiones pertinentes se presentaban ante el juez revindicando el terreno como suyo y pagando las deudas de contribución, si era necesario falsificaban documentos, eso es lo que le contaba éste hombre que también se llamaba “Luis”. 

Usaba otros planes como alquilar un chalet de lujo. Se hacían fiables ante los ojos del propietario que les veía como hombres de negocios millonarios. Y, ante tal realidad sabía conseguir el alquilar con opción a compra. Luego pedía una fotocopia de la escritura, alegando que era para entregársela a su abogado y comprobar y estaba libre de cargas. Ese mismo día mientras falsifican la documentación de los dueños lo ponían en venta, y curiosamente conseguían vender el chalet. Aunque todo eso fue en su juventud, él había cambiado, y los tiempos también…

Luis realizaba trabajo de fontanería, cuando había, que le facilitaba Vicente pero no llegaba muy bien a fin de mes.

Con ánimo de ayudar, Juan le presentó a otro conocido suyo. Diego, el cual le había vendido varios coches. Persona aparentemente adinerada les invitó a visitar su yate. Siempre conducía los coches más caros del mercado. 

Juan le presentó al supuesto millonario que Luis estaba sin trabajo

-¿Qué sabes hacer? –Pregunta Diego.

–De todo un poco- Respondió Luis.

–Bien. Mañana tengo que ir a Zaragoza. Si quieres puedes hacerme un favor, y de paso te ganas un dinerillo –Explicaba con naturalidad –Necesito una persona de confianza para traer urgentemente unos documentos y entregarlos a un amigo que tiene que realizar unos negocios inmediatos de mucho dinero, o se le escapan de las manos  -

Explicó. Luego creo que podré facilitarte trabajos como transportista con tu furgoneta, para que saques un dinerillo ¿Qué te parece?

-Si estupendo – Respondió Luis agradecido.

Metió la mano en el bolsillo y sacó un fajo de billetes, y le dio treinta y cinco mil pesetas. Luis se sorprendió pero estaba tan necesitado que no se permitió pensar mal.                     

– ¿A quien tendré que entregar la documentación?

-¡Ah, si! ¡Que despiste! –Exclamó Diego –Hablaré con él para que os encontréis. Se llama Alberto. Lleva un Renault 19 rojo. Os podéis conocer y encontrar a la puerta de Casablanca. Luis no quería estropear nada pero no entendía porque tenía que conocer a Alberto a la puerta de Casablanca y no en su oficina. No lo entendía pero tampoco quería  ser agresivo y perder el trabajo.

Diego era un hombre más bien alto y fuerte, de mirada fría, calculadora y distante. Aunque, Luis captó que su mirada era la de un ser sádico, cruel y perverso, fue la impresión que percibió de él.

Se lo comentó a Juan el mecánico –No se, Juan. Me da mala espina –A lo que respondió Juan que era gente con mucho dinero y, que a él le parecía gente fiable.

Cuando llegó a casa entregó a la esposa el dinero, y la informó en que tendría que ir a Madrid. Merche no estaba muy de acuerdo. La verdad es que a veces expresaba sus desacuerdos con premeditación guiada por las muchas cosas que había pasado a la largo del tiempo. Su temor siempre estaba presente. 

–No pasará nada. No te preocupes –Animaba – Lo único que tengo que hacer es conducir la furgoneta, y llevar unos documentos.

-¡Ay, Luis! Por favor cuidado.

–Claro. Lo llevaré rápidamente-

 Tan pronto se animaba como sospechaba de todo. No sabía como poner sus temores en palabras pero, sentía el efecto en el alma. Pero estaba tan necesitado. Ya no era solo por el y por su esposa, sino por la niña. Además, si estaba equivocado. Si solo eran fantasmas lo que presintió, y perdía la oportunidad de conseguir un empleo, y con el un dinero para sacar la familia adelante. 

Siempre había corrido riesgos, y esta vez no los querría. Pero tampoco podría poner demasiadas pegas porque, simplemente no se lo podía permitir. Por otra parte el confiaba en Juan el mecánico, y este curiosamente, le conocía antes que él, se fiaba.

–A lo mejor el desconfiado, y el equivocado soy yo –Se decía así mismo para convencerse aunque solo fuera de momento –Ya veremos –Concluía.

 El destino movía ficha de nuevo y de nuevo podría escoger el camino equivocado -¿Cómo evitarlo? –Se preguntó recordando el aforismo de una leyenda del Medio Oriente:

 “El mercader de Bagdad, tenía un sirviente que en cierta ocasión se postró ante el diciendo: Señor –Exclamó –Alguien ha chocado conmigo esta mañana entre la muchedumbre del mercado. Cuando me di la vuelta, vi que era la muerte… Capté sus ojos y, me clavó su mirada tan extraña y terrorífica que, ahora temo por mi vida.      

Señor, por favor, présteme su caballo para poder huir –Con su ayuda, señor, podré estar a la caída de la noche, muy lejos de aquí. Más allá de Samara.

 El mercader que era un hombre generoso, le dejó a su sirviente un buen caballo, y le mandó partir sin dilación hacia su destino.

Mas tarde, el mismo mercader fue a la plaza del mercado y se topó con la muerte, allí, de pie entre el gentío: ¿Por qué ha asustado tanto a mi sirviente esta mañana? –Preguntó – ¿Dirigiéndole una mirada tan penetrante y amenazadora? No traté de amenazarle – Dijo la muerte –Fue una mirada de sorpresa. Estaba asombrado de ver a ese hombre esta mañana en Bagdad, porque ésta noche tengo una cita con el en Samara”    

Nadie escapa a su destino –pensaba Luis –Parece ser que a menudo nos topamos con nuestro destino, en los caminos que escogemos para evitarlo.

Tenía que tener cuidado, pero eso tenía que ser siempre porque, el mundo está lleno de sorpresas, y de ingenuos. De listos, que incluso se la dan a otros listos. A veces, es muy difícil razonar las cosas, sin estropear otras.

Al día siguiente cuando se estaba preparando, cogió una pistola. Ciertamente, Luis nunca habría podido vivir sin un arma. Sentía que era como estar desnudo frente a la vida, desamparado.  

Tenía la emisora y el escáner acompañado de un capturador de frecuencia para colocarlo en la furgoneta C 15, y optó por dejar el escáner y el capturador de frecuencia, no debía ir tan cargado. Dio preferencia a la emisora, así de haber cualquier contratiempo en la carretera, siempre podría comunicarse con los camioneros y otros radioaficionados.

Colocó la pistola calibre siete 65 de aleación ligera, y la escondió en la tapa donde estaba el cambio de marchas. Solo tenía que aflojar un tornillo, y en cuestión de segundos podría tenerla en sus manos. Puso una bala en la recamara, bajó el martillo, colocó la emisora en su sitio y se dispuso a salir. 

Habían quedado frente a la fábrica de cerveza El Aguila, en la carretera de Madrid. 

 Llegó Diego, y cuando pasó por el lugar donde estaba Tamarit, aparcó y le hizo una señal, de que esperase un momento. Al rato levantó la mano indicándole que le siguiera.    

Luis iba detrás de su flamante Mercedes. Luis escuchaba música mientras pensaba que todas las sospechas que estaba vertiendo sobre Diego no eran más que paranoias suyas.

Al acercarse a Madrid, observó como Diego mantenía el teléfono pegado a la oreja desde hacía mucho tiempo. Luis se maldecía a si mismo por no haber llevado consigo el escáner. Habría podido escuchar lo que hablaba.

Lo seguía por las calles de Madrid, hasta llegar a un lugar frente a una cafetería. Diego le hizo seña para que aparcara en un estacionamiento que había libre mientras él se quedaba en doble fila. Se apeó del vehículo y se acercó a Luis para decirle que esperara allí, que vendría enseguida, hacía calor, Luis le dijo: -Estoy en la terraza del bar voy a tomarme una coca-cola.    

Viendo que tardaba, volvió a la furgoneta.   

Todo olía a normalidad y Luis se había relajado. Llegó a pensar que se había obsesionado, con Diego y posiblemente se trataba de una buena persona…

Por fin llegó por la parte delantera de la furgoneta, abrió la puerta del copiloto –Ya está. Te lo dejo debajo del asiento -Dijo

-Vale –Respondió Luis frunciendo el ceño levemente porque le había parecido captar la voz temblorosa de Diego, y parecía pálido 

Aquella serenidad en Diego le había parecido a él que había cambiado. Y una especie de escalofrío le recorrió todo el cuerpo poniéndole en alarma, aunque manteniendo el tipo. 

-¿Estas bien? –Preguntó Luis

-No, no me encuentro muy bien. Me siento un poco mareado –Contestó con cierta naturalidad –No se lo que me pasa… Creo que es la tensión, siempre la tengo baja. Sacó su cartera y le entregó unos billetes -¡Toma alegra esa cara! -¡A la! Márchate que están esperándote en valencia… Yo sigo hacía Zaragoza –Agregó 

-Explícame como salgo de aquí –Preguntó, y Diego le explicó, luego le indicó de seguirle hasta una bifurcación donde debían separarse. Luis le escuchó pero sentía la sensación que algo flotaba en el aire sin saber el qué.

Desde un par de metros le dirigía para que saliera del aparcamiento –Sigue, sigue que no viene nadie –Decía 

Entró en su Mercedes y Luis decidió seguirle porque sentía que era más seguro salir de Madrid. Y, al llegar a una bifurcación, Diego le hizo un gesto con el brazo despidiéndole, a la vez que le indicaba con el gesto de la mano que siguiera ese carril.

Estaba ansioso por conocer la verdad, y esa verdad estaba en la bolsa del corte Inglés debajo del asiento.

Había mucho transito de vehículos, se detuvo un instante para cerciorarse que iba bien hacía Valencia y prosiguió. Ciertamente Luis no se aclaraba muy bien con tantas calles y tantas señales. Tenía que salir de aquella jungla de coches y llegar a la autopista para intentar relajarse más. Una vez enfiló la carretera de valencia se relajó, era el momento de coger la bolsa y colocarla encima del asiento, aquello no eran documentos, se trataba de revistas y periódicos, y en el interior una bolsa hermética que no cabía la menor duda debía tratarse de droga. 

-¡¡Hijo de puta!! –Exclamó Luis con rabia

-¡¡Que tonto y gilipolla que soy!! – Proseguía – me la va a pagar. Si quiere la droga tendrá que pagar bastante dinero si quiere recuperarla.

Luis pensaba que no era muy inteligente seguir con la droga encima del asiento, debería buscar un camino que se saliera de la carretera y colocar el contenido dentro de la rueda de recambio que estaba en el exterior. Empezó a mirar por el espejo retrovisor con más insistencia pero no vio nada extraño con tanto transito… 

Estaba furioso, y más de la manera en que le había engañado, pero Luis no terminaba de entender ¿Por qué no se lo dijo desde un principio? Cuanto más absorbido estaba con sus elucubraciones al llegar a un semáforo a la entrada de Arganda que estaba en rojo, paró detrás de un coche que iba delante de él y se bajaron unos individuos, lo mismo ocurrió con el coche que venía detrás, pistola en mano se identificaron como policías invitándole a bajarse del vehículo, solo deseaba que la tierra se lo tragara, no comprendía nada, simplemente pensaba que su propia estupidez había materializado nuevamente el destino escogiendo como siempre el camino equivocado.

Le cachearon mientras otro cogía la bolsa que estaba encima del asiento a la vez que decía uno de los policías -¡Aquí esta!  

Le metieron en un coche de la policía esposado y lo condujeron hasta las dependencias de la jefatura provincial del servicio de vigilancia aduanera. 

Luis no sabía si habían encontrado también la pistola teniendo otra condena por tenencia ilícita de armas.

Aquello, según el análisis del detenido era una chapuza. A base de soplos habían provocado un delito y una detención. Sospechaba que había sido vendido, no le cabía duda.

Los falsos valores del “hombre” aún dormitaban en la personalidad del detenido. Aquella realidad le impedía acusar a nadie mediante interrogatorio, aunque después se vengara cruelmente. Aquello le inducía a decir medias verdades, aunque dijo la verdad, sólo ocultó el nombre de Diego que lo sustituyo por Ángel, hizo una descripción exacta de él.

Habían transcurrido unos veinte años desde aquella condena de Tarragona por un delito que no había existido. El abogado, el fiscal y el juez se habían portado como auténticos indeseables. Prevaricadores por sentencia a sabiendas de que no había habido delito, fue una invención del detenido para despistar y ganar tiempo.

Aquellos buenos católicos que los domingos solían acudir a misa, y durante la semana abusaban de sus poderes, sabiendo lo que hacían.  

–Las cosas en este caso no han cambiado demasiado. Simplemente se han modernizado dentro de una sociedad, en la que el mejor capacitado para engañar, se lleva el gato al agua –Razonaba Tamarit.

En el caso presente y concreto, Luis no acusaba a los jueces de obrar con mala intención. Simplemente, y llanamente aparecían, a los ojos de Luis, como unos ingenuos incompetentes, a quienes no les vendría nada mal estudiar psicología para conseguir un mejor conocimiento sobre las personas a las que tanto mal hacen… incitando a la rebelión

A continuación la farsa y la chapuza de unos supuestos representantes de la ley y del orden ¡¡Esto es España!!

PETICIÓN DE MANDAMIENTO DE ENTRADA Y REGISTRO
Ver documento 1 al final del libro
DILIGENCIA QUE SE EXTIENDE EN LAS DEPENDENCIALES DE LA JEFATURA PROVINCIAL DEL SERVICIO DE VIGILANCIA ADUANERA A 3 DE JUNIO DE 1.992.

 

También la declaración ante el juez, abogado y fiscal deja mucho que desear
Ver documento 2 al final del libro

 

DECLARACIÓN DE LUIS GARCÍA TAMARIT
ARGANDA DEL REY 3 de Junio de 1.992

AUTO 3 DE JUNIO DE 1.992, se decreta la prisión provisional comunicada de Luis García Tamarit.

Tuvo que hacer rectificar la declaración, porque se negaba a firmarla. Es por lo que se ha rectificado y ampliado al final, rodeado del secretario, juez, fiscal y abogado… Y sin conseguir pegar ojo durante toda la noche. ¡¡España y la pandereta!!

Tamarit afirma que dijo la verdad en la declaración. Que tan solo había mentido al decir el nombre de Ángel, en lugar de Diego. También había ocultado el nombre de la persona que les había presentado y se inventó el nombre de Roberto. Pero no sabía nada más. No conocía el número de la matricula, tan solo las letras V…CY pero no había memorizado los números.

La razón por la que mintió en los mencionados detalles, no fue otra que la de, guardar fidelidad a las leyes de la hombría, según se siente en las cárceles y, él había pasado inmerso, la influencia de esas leyes, la mayor parte de su vida.
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Al salir de periodo, conoció a Camilo. No fue agradable cuando éste le preguntó si había sido él quien le había acusado. Le invitó a que jamás le hiciera pregunta igual. Aquello sucedía dentro de la oficina de los funcionarios, mientras esperaban el número de celda que les otorgarían.

Cuando su abogado le informó de las declaraciones de Luis, nacería una fuerte amistad. Su sentimiento de culpa por haberle acusado incrementó el laso de unión, hasta tal punto que se ofreció a ayudar a la familia, esposa e hija que habían quedado a la intemperie.