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El mundo secretos de las lágrimas

 

Capitulo IV

El regreso a España lo hizo Luis en una furgoneta que se había comprado en Francia. Acababa de cumplir los veinte años y aún no sentía la fuerza interior de conseguir nada serio. Aún no había madurado realmente.
Sus padres, con el producto de la venta de la casa que tenían en Francia habían podido comprar un piso y un local comercial que transformarían en bar. Todos colaboran en la decoración del negocio. Todos compartieron las ganas de hacer algo deseando que se transformase en un todo capaz de garantizar seguridad y bienestar.
Las cosas habían cambiado mucho en España que, aunque aún mandaba el dictador y su realidad se reflejaba en todo, la visita de los turistas de todo el mundo habría conseguido, aunque muy poco en realidad, cierto toque de bienestar. El hombre del pasado al menos en apariencia parecía haber desaparecido. Era el reinado del cochecito SEAT 600 y la posibilidad de aquel poco más tan soñados años atrás por todos, cuantos, tragaban saliva porque no había otra cosa que tragar.
 
                                                                                   Luis volvía a ser, a sentirse como el Valenciano Luis García Tamarit, y así se había aceptado respirando el perfume imborrable de sus raíces ancladas, en ese territorio de donde se sentía ser.
Lo primero, después de ayudar a los familiares, en especial a su padre para que el bar fuese una realidad, sería buscar trabajo, y encontrarlo. Ser independiente para el era algo imprescindible. Su conocimiento en fontanería tendría que darle la oportunidad de ganarse el sueldo que le exigía la realidad de la vida… Pero las dificultades eran muchas. Su mentalidad era francesa y el registro de su mente se enfurecía al ver y comprobar que, no era en realidad igual de fácil encontrar trabajo.

                Se dedicó al completo a la búsqueda del trabajo tan necesario y poco a poco fue perdiendo la fe en encontrarlo. Se refugiaba en la cafetería “El Cisne Blanco” de chicas que había puesto su tía Feliz en la zona del Cabañal.
Cuando cerraban sobre la una o las dos de la madrugada la cafetería solían salir a divertirse por el ambiente. Una noche se unió su primo Manolo al festejo natural y rutinario, el de beber copas. Al salir del último chiringuito bien puestos surgió la idea tontorrona, fruto del efecto del alcohol, de robar naranjas en el campo más cercano, una de las chicas que trabajaba como alternadora en la cafetería de la tía se apuntó decidida sintiendo el afecto de un nuevo dominante. La idea parecía, robar por robar naranjas, sonó la de recrearte en algo diferente que proporcionara droga natural en sus cerebros con ganas de marcha, de experiencias para “reírte” para alimentar al animal agazapado que dormita en el interior de cada cual cuando se ha perdido o no se tuvo jamás el, norte.
Aparcaron la furgoneta a un lado de la finca. Dejaron la puerta trasera abierta para llenarla de naranjas, a sí sin más. Una machada más. Un detalle que iluminase sus corazones llenos de todo, menos de cuanto necesitaban realmente.
Cuando habían considerado que tenían suficientes naranjas rieron felices y satisfechos.
-Venga vamonos ya- sugirió Luis.
-Vale pero, conduciré yo- espetó su primo decidido.
-¡Qué dices Ché! -Exclamó Luis en desacuerdo- No tienes ni puta idea de conducir.
-Pero puede aprender sobre la marcha- Intervino la alternadora en tono tontorrón-Conducir es igual que follar…No se necesitaba experiencia- Agrega graciosilla la piva.
-¡Venga Luis, coño déjame joder!-insiste el primo-
-Bueno va pero un ratito solo, ¿eh?
El efecto del alcohol parecía haber desaparecido con la excitación del robo de las naranjas y Manolo apretaba el acelerador al tiempo que se escuchaba la risa.
-¡Afloja Ché!- Gritaba Luis con cierta despena- ¡Tío que nos vamos a dejar los cuernos en cualquier sitio, coño!
-¡Uy si, los cuernos!- Susurraba la alternadora como si pensara en voz alta- como si fuesen de putas de quita y pon...Yo no creo habérselos puesto- agregó simplona, mientras la furgoneta se deslizaba sobre el asfalto y, al entrar en el pueblo de Tabernes Blanques comenzó a dar bandazos. Luis intentó como pudo coger el volante para impedir lo peor pero el auto se fue contra un edificio.
Las naranjas se esparcieron por el entorno. La tía se sujetaba de un brazo roto y, una brecha en la cabeza teñía sus ropas de sangre. Los demás poca cosa, unos rasguños y golpes destinados a ser simples moratones.
¡Qué ha pasado aquí! - Gritaba una voz de mujer desde el interior de la casa para aparecer en pijama seguida de su marido al momento.
-Un accidente señora. Culpa de algo que no pudimos esquivar en la carretera- informa Luis-
-¡Pues menuda, coña! -exclama la mujer -pues casi entran en casa con la furgoneta-¿necesitáis ayuda?... ¡Uy!, usted está herida -gritó asustada al ver la sangre de la tía.
-No se preocupe, nos vamos ya -musitó la tía dispuesta a irse de allí rápidamente -venga vámonos de aquí, tenemos que ir a un hospital cercano-agregó-
Ayudaron cuanto pudieron los dueños de la casa y les explicaron donde estaba la clínica más cercana a donde se dirigieron sin perder un minuto.
Allí les atendieron y, escucharon las sandeces de turno para explicar la razón de las naranjas que aun quedaban en la furgoneta cuando un empleado pretendía rellenar la hoja de accidente.
Lo peor de todo fue el morro de la furgoneta se había metido hacía dentro por lo que la reparación costaría más de lo que en realidad valía el auto. Luis resignado aún sonreía, tal vez satisfecho de no haber padecido en el golpe.

Una tarde, cuando el sol moría contra la pared del edificio de enfrente, llegó al bar un amigo del hermano de Luis que acababa de salir de la cárcel apodado el Tarta.
Era alto, desgarbado y un tonto nervioso aunque se esforzaba por disimularlo. Tartamudeaba, realidad que le torturaba hasta el punto de hablar lo menos posible a menos que estuviera rodeado de su gente, los más cercanos. Llegó acompañado de otro de mediana estatura, regordete y un tanto fanfarrón y prepotente: Rafael B.C. Ambos acudían a menudo deseando hablar con Luis mientras tomaban las copas que pidiera a cada momento, tanto en el bar del padre como en la cafetería de la tía  y en compañía de los chochos locos que animaban como alternadoras.
El Tarta parecía un árabe. Bebía fino La Ina el cual tenía que pronunciar tres veces como mínimo antes de concluir-dame un fi, fi, fi fino laaa Ina -solía requerir el Tarta. Cierta risita, difícil de controlar aparecía en toda la cara de Luis cuando el Tarta demandaba su fino La Ina, pero lo controlaba fingiendo que se reía por otra causa para no herirle innecesariamente.
Pero el tartamudeo no era todo ya que sus dientes delanteros sobresalían como los del conejo para más risa escondida.
Ambos, el Tarta y Rafael pasaban de los cuarenta y se esforzaban por destacar sus proezas en el mundo de la delincuencia poniendo énfasis tontorrón en los detalles que pretendían despistar y reírse de las fuerzas del orden.
No reparaban en gastos cuando invitaban a todos en las diferentes salas de fiesta que frecuentaban bastante a menudo. Especialmente Rafael se lucía como una rata sobre un queso cuando sacaba un gordísimo fajo de billetes para pagar cualquier cosa, tal vez con la intención de deslumbrar al joven Luis con el que parecía tener cierto interés. Calculo que ha ratos parecía hacer mella en el mundo privado de Luis que apenas disponía de dinero porque no conseguía más trabajo que el que realizaba para sus padres y tía, por el que a penas percibía, algo.

                                                                        Aquella noche Rafael llegó un tanto excitado buscando la compañía de Luis que le atendía sumiso. Le explicó, no se sabe muy bien si con la intención de desahogar o con el propósito de absorberle y ver como reaccionaba el joven.
Parece ser que habían ido a hacer un butrón para entrar en una joyería y, cuando el Tarta se enteró de que el piso sobre la joyería estaba habitado se había rajado muerto de miedo según el enfadado Rafael -¡No te jode!-exclamó este- No se puede ser tan maricona, tener miedo como un maricón no es de hombre - razonaba el delincuente ante la mirada pasiva de Luis que escuchaba casi sin inmutarle que razonaba  que tal vez el Tarta se había rajado porque, por una parte no se había mentalizado lo suficiente y, por otra no había bebido lo justo.
-¿Y donde le has dejado? –preguntó Luis por decir algo.
-Discutimos y el muy puta…se fue a Barcelona ¿¡Que te parece el muy calzonazos?! Preguntó Rafael en tono suficiente.
-Bueno, cada cual es como es. No puedes esperar que todo el mundo le eche huevos como lo haces tú –razona Luis.
-¡Eso es…! ¡Falta de huevos, joder!
Durante horas no dejó de hablar del caso y de hacerse publicidad asimismo; así como de las enormes ganancias para alguien decidido y con cojones –La única pega que tengo yo es, que no se conducir –razonaba –por eso necesito a un tío serio y que colabore conmigo… Alguien como tú, Luis –espetó decidido –Nos podemos hacer ricos, tío… ¡Pero, ricos, tío! ¿entiendes?
Lo pintó tan bonito, fácil y fructífero que Luis suspiró antes de acceder decidido, y necesitado.
-¡Bien, cojonudo! –Exclamó Rafael –Te explicaré cada detalle y verás que no hay riesgo posible –animado calculador.

                                                                        Aquel plan sería el debut del joven Luis en el escenario de la delincuencia profesional. Se trataba de desvalijar una joyería importante en el centro de Valencia, justo enfrente del mercado central. Debido a la ubicación de la joyería, lugar muy concurrido día y noche no era aconsejable entrar por la puerta. El explicó que entrarían desde una obra colindante a través de un butrón fácil de realizar.
 
                                                                                                                    Una vez en el interior de la obra colindante con la joyería taladraron un agujero en el que introducirían una barra de hierro con la que reventarían parte de la pared. Los golpes se pretendían insonorizar colocando trapos sobre el hierro que recibiría el estacazo del hierro. Así y todo el ruido pareció alarmar a los vecinos del primer piso que encendieron las luces sobre la puerta de entrada a la joyería.
Al percibirlo Rafael detuvo la faena mirando a Luis con ojos llenos de mensaje. Detuvieron el trabajo, y desviaron la intención de fumar en silencio hasta que los vecinos se convencieron a si mismo, de que nada estaba pasando.
Dos negocios separaban la obra de la joyería, un garaje al que accedieron después de continuar con el plan y, a continuación una tienda pequeña desde la cual, al fin, llegaron a los baños de la joyería.
El ruido de la persiana no se había vuelto a oír ruido alguno. Lo que si sentía Luis era los latidos de su propio corazón que parecía querer salirse por la boca aunque, éste disimuló y controló decidido a que Rafael no se enterara del estado de nerviosismo y de ansiedad del joven novato.
Ya en el interior del negocio, la tenue luz que se filtraba por entre las uniones de las persianas parecía encender las piedras de las joyas mientras que el tic, tac de los relojes alarmaban al propio silencio del ambiente.
Los dos sacos que llevaban. Los abrieron para empezar a depositar en su interior con sumo cuidado joyas de diferente tipo. Cuando consideraron que tenían suficiente se dispusieron al camino de vuelta hasta llegar a la obra donde tenían preparadas dos maletas con ropa para cambiarse.
Salieron con una maleta cada uno de ellos, y se dirigieron a la puerta principal del mercado donde había una parada de taxis, era de madrugada y los furgones descargaban la mercancía. Se subieron en un taxis que los llevó hasta la estación del tren, allí tomaron otro que los transportó directamente a la cafetería de la tía de Luis.

                                                                        Los padres de Luis les resultaba demasiado alejado el piso de Foyos, decidieron alquilar otro cerca del bar, lo que Luis aprovechaba el piso de Foyos para ocultar la mercancía ya que sus padres se habían trasladado a la zona del Cabañal.

                                                                      Rafael enseñó a Luis a trabajar todo lo concerniente con los robos de coches. Le explicó como se podía abrir un coche, hacer un puente… todo lo aprendió en la cárcel, aunque el no sabía conducir.
Habían ya hecho varios robos con éxito. Aquella realidad había animado a Luis y la seguridad y el estado de ánimo que tenía el saberse con dinero le había subido el análisis que tenía sobre si mismo. Con ésta realidad, la necesidad por vivir sensaciones sexuales efectivas y grandes le empujaron a una sala de la que le habían hablado llena de todo aunque el solo ya lo decidirá el mismo una vez allí. Era joven lleno de energía que tenía que gastar de alguna forma más eficaz para su ego personal que la de simplemente masturbarse…

   

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