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El mundo secretos de las lágrimas

 

Capitulo IX

                                           -26 de febrero de 1971-
La Luna jugueteaba por los visillos de la habitación haciendo señales sobre la pared con su débil reflejo. El silencio, no parecía serlo del todo porque en el aire flotaban sensaciones que palpitaban.
En el reloj encima de la mesita marcaba las tres de la madrugada.
Parecían contentos. Santi se sentía excitada y así lo dejaba ver –Tengo el coño húmedo –dijo en tono misterioso –Tengo ganas de que me penetres, de que me folles bien y… mucho.
Se desnudaron el uno al otro. Las manos se deslizaban por la piel como una sinfonía. Hacía fresco así que ella se metió en la cama después de exhibir su cuerpo calculadora y se tapó. Detrás fue él y me juntó a su cuerpo sintiendo el fuego que le invadía.
Sus dedos fueron a la vagina y jugaron. Le introdujo un dedo y sintió como se deslizaba con facilidad.
Sus pechos esperaban tersos los labios y los dientes de Luis alteradamente excitado. El aire se podía tocar y casi escuchar algún mensaje, que se presentía aunque no se entendía.
-¡Métemela! –Suspiró rogando ella y, él la penetró con fuerza aunque con delicadeza calculada -¡Mas Luis! Mas-Susurraba ella mientras toda su vida flotaba.
A un lado de la habitación aún quedaba un montón de prendas de piel robadas que destacaban, cubiertas por unas sábanas.
Los suspiros y gemidos lo invadían todo hasta que un grito controlado de ella alcanzó su propio cielo de placer seguido por el de él.
Por un momento permanecieron pegados jadeando, luego el se incorporó cogió el paquete de cigarrillos, encendió dos y entregó uno a ella.

                                                                                                  Súbitamente golpes contra la puerta rompieron alarmantes el silencio -¡Abran! ¡Policía! –se escuchó.
Luis saltó de la cama. Sintió como su tía abría la puerta.
-¿Qué ocurre? –Suspiró Santi nerviosa.
Luis intentó decir algo pero se calló al ver que los policías entraron violentamente en la habitación encañonándole.
-¡Vestiros! –ordenó un policía que sujetaba una metralleta.
Algo se derrumbaba en el interior de Luis cuando sintió como le ponían las esposas.

Los policías no se entretuvieron en registrar la habitación, ni siquiera sintieron curiosidad en averiguar lo que había debajo de las sábanas, tenían prisa en meter a Luis en el coche policial, también le ordenaron a Santi de acompañarles. No estuvieron ni cinco minutos en la vivienda de la cafetería
-¡Vamos a ver lo que tienes en el piso de Foyos! –exclamó el que parecía mandar más.

                                                                                                     Efectivamente la policía estaba bien informada. Lo sabían todo. Los llevaron a la vivienda de Foyos donde se escondía la mercancía. Se apoderaron  del coche y, allí parecía que su destino obligaba a un cambio ignorado desde hacía tiempo.
Había sido la brigadilla de la guardia civil de Alicante en colaboración con la de Valencia guiada por el “verdugo” o así lo denominaban los delincuentes Sargento Cebrian y otro de la misma denominación Sargento Torrecillas de Alicante.
Una vez desmantelado la vivienda se pusieron camino hacía el cuartel de Arrancapinos en Valencia. El Sargento Cebrian se acercó al coche en el que se encontraba Luis, lo miró con ojos sentenciadores y dijo: Conocí a tus tíos ¿Sabes? Y se retiró como si tras de él dejara la fuerza de un crimen a descubrir o a revivir.
-Tú tienes muchas cosas que contarnos ¿no? –Le dijo uno de los policías a Luis en el coche camino al cuartel de Alicante -¿Conoces a Martin?
-No –respondió Luis provocando una extraña risa en los policías –Santi, la chica no tiene nada que ver con todo esto. Ella solo…
-Follaba contigo –adelantó un policía.
-Si, así es –Asintió –Ella no es más que la chica que se acuesta conmigo.

                                                               Ya en el cuartel de la guardia civil de Alicante, lo rodearon en una de las salas destinadas para la interrogación –Empieza a contar –ordenó uno de ellos -¿Qué sabes sobre el intento de asalto a la cárcel de Lorca y, sobre Martin?-
-Nada –respondió diciendo la verdad y bastante sorprendido.
El cerco se estrechaba y uno de ellos, le enseñó una picha de toro -¿Sabes para que sirve esto? –espeto sentenciador
-No –respondió preocupado
-¡Pues para esto, hijo de puta! –Gritó uno de los números golpeándole con fuerza por la espalda y pecho. Afortunadamente llevaba una cazadora de cuero que aliviaba los golpes pero, así y todo el dolor le hacía morderse los labios, pero cuando comenzaron por la zona del culo y los muslos el dolor resultaba insoportable. Intentó soportarlo con entereza pero no pudo y cayó de rodillas.
La paliza continuaba sin piedad ya que el detenido no hablaba, pero no lo haría porque no sabía nada de cuanto ellos querían saber.
Los ojos de Luis se fijaron en unas tijeras sobre la mesa. La idea que le pasó por la cabeza fue la de apoderarse de ellas e intentar cortarse las venas por ver si dejaban  de pegarle.
Como pudo se incorporó y fingió caerse contra la mesa, y aunque estaba esposado. Con una mano se hizo con la tijera y como pudo intentó clavársela asimismo en la otra muñeca pero no pudo más que hacerse un rasguño porque se le echaron encima y le arrebataron la tijera.
-¡Así que pretendías clavárnosla! ¿He?
-No… A ustedes no…A mi –razonaba el preso sin éxito alguno porque entonces se ensañaron con él a patadas y puñetazos hasta dejarlo en el suelo medio inconsciente.
Cuando recuperó la consciencia estaba atado en un sillón de mimbre con unas gomas. Uno de ellos se acercó con un aparato y unos cables que terminaban en unas pinzas -¿Sabes lo que es esto? –preguntó sentenciador
-¡Pero, es que no se nada! –Gritó –No lo sé.
Una de las pinzas la colocaron en el cuello y otra en las esposas. Luis percibió lo que pretendían sintiendo que no lo iba a poder soportar, que aquello debía de ser mucho más grave que la inmensa paliza que le habían propinado.
Luis intentó decir algo pero no pudo porque conectaron la corriente y se quedo pegado a si mismo sintiendo como se le iba la vida, temblando sin poder pronunciar palabra, babeando con la boca entreabierta.
Cuando por fin desconectaron la corriente eléctrica un intenso hormigueo recorría su cuerpo, y la respiración a duras penas era perceptible. No podía pensar, ni articular palabra. Tan solo gemía levemente, sin fuerza para más.
Uno de ellos, el que suele usar la táctica de hombre bueno, compasivo y cercano ordenó a los demás que salieran alegando que quería hablar a solas con el detenido.
-¿Sabes? Yo tengo un hijo como tú, de tu edad –susurró el policía calculador –Me da pena verte así ¿Sabes? Mis compañeros tienen muy mala leche así que lo mejor que puedes hacer, hijo, es colaborar –aconsejó.
-Estoy dispuesto –dijo el reo con dificultad –Pero, créame… De esto no se nada.
-¿No quieres hablar conmigo? –preguntó
-Si quiero pero…
-Vaya como te han puesto esos brutos –le interrumpió mirándole muy de cerca –Que lastima. Bueno, lo primero es relajarte. Tomaremos un café, te vendrá muy bien –y el número ordenó que trajeran dos cafés. Echó el azúcar en la taza del preso y se lo da pero Luis no podía tragar, tan solo respirar aunque con dificultad –Anda, cuéntame que tienes que ver con Martin insistió el policía.
-No lo conozco –dijo Luis temeroso
El policía hizo una seña y uno de los compradores entró
-¿A éste tampoco lo conoces?
-Si, a este si pero… a ese tal Martin y…el intento de asalto a la cárcel no…
-¡Ah, ah, ah! –Eso no es muy inteligente por tu parte susurró al tiempo que hacía señas para que volvieran a entrar los torturadores –Ves, ya están aquí de nuevo. Si no me lo cuentas todo no podré hacer nada por ti.
-Pero…es que… no se nada –Grito y de nuevo le colocaron las pinzas hasta que perdió el conocimiento. Entonces le arrastraron hasta la celda cerrándole dentro tirado en el suelo.

                                                                                               Poco a poco fue cobrando el conocimiento. Miró a su alrededor: una cama de hierro y una colchoneta y una bombilla colgando de un largo cable desde el techo. Como pudo se incorporó jadeando. Aquello tenía que acabar. No se sentía con fuerzas para soportarlo; es más sentía que no lo soportaría. Así que sacó fuerzas de flaquezas y haciendo un enorme esfuerzo se subió en lo alto de la cama logro agarrarse a la bombilla y arrancar el cable del techo.
Con las esposas puestas no podía manejar. De todas formas rompió la bombilla y con un trozo de cristal intentó cortarse la arteria a la altura de la muñeca pero a duras penas consiguió hacerse unos cortes superficiales. La sangre resbalaba por su mano izquierda pero la vida seguía en él, para mas temor.

                                                                           La puerta del calabozo se abrió y entró el sargento Torrecillas al verle la sangre sonrió malicioso, tal vez percibiendo que sólo eran heridas superficiales –Eres muy chulo ¿Verdad? –Exclamó el sargento y acto seguido le propinó un par de puñetazos que consiguieron hacerle sangrar por la nariz –Bueno ahora te van a vendar pero lo hará nuestro médico ¿Sabes? –Espetó –No quiero que manches el pasillo cuando te lleven de nuevo a la sala de interrogatorios –consiguiendo así, o pretendiendo acobardarle.
Y de vuelta a la sala se repitió la escena del látigo. Con la picha de toro recorriendo todo su cuerpo a golpes que le hacían retorcerse
-¡Que no se nada…! Como voy a contarles lo que no se
-Eres duro ¿he? Ya dejaras de serlo. Solo es cuestión de tiempo –advirtió uno para volver a la carga.
-Lo colocaron de nuevo en el sillón de mimbre y, cuando le iban a poner las pinzas de nuevo uno de ellos dijo –No ahora no porque puede que no lo soporte… ¿Y que íbamos hacer aquí con un muerto?-
Así que le quitaron los zapatos y le golpeaban una y otra vez en la planta de los pies.
Aquel calvario duraría casi cinco días, exactamente 111 horas mientras estuvo en manos de los verdugos alimentados de cuerpo y alma por el régimen.

                                                                                               Cuando le comunicaron que lo único que quedaba era firmar ya que el interrogatorio había acabado. Luis se estremeció de placer. Para entonces ya había confesado cuantos robos había cometido, todo cuanto sabía, menos lo que no podía saber, tampoco confesó el robo que perpetró con su tía y Santi de los abrigos, tampoco se lo preguntaron… Y los números quedaron, de momento, satisfechos.
-Toma, firma aquí. Le dijo uno.
Luis aprovechó el momento oportuno para preguntar por Santi
-¿Dejaron en libertad a Santi? Balbuceo Luis
-Tu chica se fue el mismo día que llegó, tardaras años en volverla a follar –dijo un policía sarcástico.
Cuando le presentaron ante el juez, un hombre mayor, frío y distante le miró a los ojos con crueldad controlada -¿Te has caído? ¿No? Espero que no tengas la desfachatez de halagar que te han pegado –Advirtió con sequedad.
-Nosotros nos hemos portado muy bien con él ¿Verdad chaval? –dijo un policía provocando una risita que a lo largo de los años perdura en la mente del detenido.
-Es verdad –respondió Luis obligado leyendo la mirada de todos.

                                                                                                   El problema vino después ya que el médico de la cárcel no se quería responsabilizar del estado del detenido. Pero sólo fue al principio ya que el medico presionado acaba admitiendo que en realidad no era tan grave y todo, como todo, se quedó tal cual.

                                                                                            Luis iba descalzo no se podía poner los zapatos después de haber sido agredido en la palma de los pies, pero si estaba en el infierno, y entre diablos ¿Qué más da?
Cuando le cachearon, le hicieron quitar la camisa que estaba pegada a las heridas de la espalda…Estuvo tres días en observación o como solían decir allí en periodo antes de pasarle a la galería correspondiente y a empezar.

                                                                                           Pronto se enteraría de lo que los periódicos de la época el jueves 4 de marzo de 1971 contaban sobre él: “La Guardia Civil alicantina recupera un botín, procedente de robos, por valor de cuatro millones de pesetas. VIRTUALMENTE, EXTERMINADO EL GRUPO DE MALHECHORES MAS PELIGROSOS DE ESPAÑA” El domingo 28 de febrero 1971 decía: “El intento de libertad a un jefe de banda de la cárcel de Lorca, frustrado por la G.C. alicantina”- Y en el relato escrito en los periódicos el nombre completo de Luis García Tamarit aparecía destacado.
Según alguna versión parece ser que Rafael B.C. había sido quien vendió a los que intentaron asaltar la cárcel de Lorca y todo lo demás.

                                                                                              En la cárcel Luis conoció la otra cara de la moneda; aquello que aún le quedaba por conocer. Sentía que vivía en un cementerio viviente, entre locos auténticos, asesinos, maleantes. Violadores, atracadores y, todos juntos guiados por otros que no eran mejor que los presos, los carceleros. Vio y vivió con diablos de todo tipo y, cuando por fin se tranquilizó sintió que todo había sido obra de Rafael.
Por unos momentos se le pasó por la cabeza a Luis -suerte que no le dijimos nada a Rafael del robo de los abrigos. Sentía satisfacción porque su tía y Santi estaban ya a salvo.
Al principio Rafael no quería que Luis volviera a la vida normal porque sin él se sentía inválido, luego uso tramas que se le fueron de las manos. En fin, un falso valiente, un mariconcillo mas. Toda una reacción de un hombre pequeñito con huevos de seda.